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¿Qué era el diario de Irigoyen?

Libertad y Progreso

Colaborador de Libertad y Progreso
diciembre 16, 2016 8:24 am by: A+ / A-

Por Eduardo Servente – Ingeniero civil

 

Cuenta la leyenda popular que a Don Hipólito Irigoyen, Presidente de la República, le editaban exclusivamente para él un diario sólo con las noticias que deseaba leer. De esa manera el Presidente se mantenía prolijamente desinformado de lo que sucedía en el país.

Su desinformación fue una de las tantas causas del golpe de estado del año ’30, interrupción de cerca de setenta años de democracia y comienzo de nuestra debacle institucional.

Pero la pregunta es: ¿sigue existiendo el diario de Irigoyen?

Ciertas actitudes de la clase política hacen pensar que aún hoy nuestros dirigentes leen noticias especialmente preparadas para ellos y muy alejadas de la realidad que vivimos los simples ciudadanos. Ejemplos hay todos los días, de mucha importancia, de mediana preocupación o simples detalles de la vida cotidiana.

Al leer los diarios, o al escuchar la radio o televisión, nos sorprendemos diariamente con actitudes o dichos muy alejados de la realidad de los ciudadanos comunes. Veamos algunos ejemplos de hoy y ayer, y notaremos que nuestra vida, la de los ciudadanos comunes, corre bastante lejos de la que nos quieren imponer desde la clase dirigente

 

“Vivimos sólo en una sensación de inseguridad”.

Quienes tenemos la edad suficiente para haber vivido durante la última dictadura militar, sabemos que salíamos a la mañana de nuestras casas con la incertidumbre que nos explotara una bomba terrorista en el camino o bien que nos encontráramos con una patrulla militar desbocada y la pasáramos muy mal.

Hoy en día, cuando salimos de nuestras casas, también salimos con la incertidumbre que nos roben en el camino, que nos asalten, que nos golpeen, que nos secuestren, que violen a nuestras hijas, o que no volvamos para contarlo.

En los momentos de la dictadura vivíamos con la sensación que nos pasara algo inoportuno. También para ese ministro del gobierno anterior era sólo una sensación.

Discúlpenos señor ministro, aunque le dé “un poquito de asco”. Somos unos miedosos. Vivimos con sensaciones que no deberíamos sentir. Claro, a Fulano lo robaron, a la hija de Mengano la violaron, a Zutano lo secuestraron, y Perengano no volvió a casa a ver a sus hijos porque lo mataron.Yo los conocía a todos, pero tengo la sensación que me exageraron con sus cuentos. Estamos lejos señor ministro, ¿no?

 

“No se puede pasar”.

Ya es una costumbre nuestra, casi folklórica, que cualquier problema que tengamos, por mínimo que sea, nos sentimos con el derecho divino de cortar una calle o una ruta e impedirle al resto de los ciudadanos comunes su libre y organizada circulación. Cualquiera se siente con el derecho de hacerlo, y nadie, digo bien, nadie, es capaz de impedirlo.

Los ciudadanos comunes que alguna vez sufrimos estas irregularidades escuchamos atónitos por radio que la policía no tiene la orden para actuar (¿orden?), la gendarmería no tiene jurisdicción, al fiscal de turno lo están buscando, el señor ministro o el señor jefe de gobierno sale a justificarse por radio…, y a nosotros nos dicen: no se puede pasar.

Circular por Buenos Aires es una aventura, hacerlo por nuestras rutas me hace sentir que estoy jugando al juego de la oca (vuelve al casillero 15, vuelve a empezar, etc.), y para cruzar a Uruguay, parece que por suerte ya desaparecieron los días que era mejor cruzar en un bote a remo.

El gobierno cambió, pero la mejoría en ese aspecto es ínfima.¿Acaso nadie nota que la inmensa mayoría de la ciudadanía quiere una cosa distinta a la de esas diez personas que están cortando la avenida? Estamos lejos señor ministro, estamos lejos señor presidente, ¿no?

 

“En nuestro país no existe el riesgo del flagelo de la droga”.

En Argentina no hay carteles, es un país de paso, no hay producción, no hay consumo, es un tema menor. Eso decía aquel ministro polifacético del gobierno anterior.

Otra vez nos equivocamos. Acá no hay cocinas de droga, “y esto no es un estofado, donde hay que cocinar las papas, sino algo más serio”, como decía aquel ministro. “¿Dónde ve usted los camiones de hoja de coca por el conurbano o por la Capital Federal?”.

Es cierto. Ese olor a yerba que hasta hace unos años sólo se sentía en la cancha y ahora lo sentimos en la calle, es que tenemos un problema olfativo.Es cierto. Esas zapatillas colgando de los cables que en todo el mundo representan venta de drogas, acá son sólo una nueva imagen de decoración urbana. Es cierto. La gran cantidad de jóvenes que no pueden articular palabra y ni siquiera pueden decir su nombre, no es por neuronas quemadas, sino por los nuevos lenguajes de las tribus urbanas.

Nuestros hijos lo ven día a día. Por ahora nos cuentan lo que ellos ven y el ministro no. El día que nos dejen de contar le preguntaremos a aquel ministro por su estofado. Este cambio cuesta mucho, es muy complicado, se lo dejó crecer demasiado. Estamos lejos señor ministro, estamos muy lejos señor presidente, ¿no?

 

“Nos estamos ocupando de la seguridad vial”.

Los accidentes viales son una de las principales causas de muerte de nuestra población, y especialmente en gente joven. La clase dirigente parece ser conciente del hecho. Por lo menos parece ser que esas estadísticas no se falsearon.

Pero lo que sí se viene falseando desde hace tiempo es la forma y sistemas para corregir ese flagelo. Mientras no se enseñen las cosas que realmente se deben enseñar y corregir, seguiremos con los accidentes de todos los días.Mientras quien debe controlar el cumplimiento de las normas, sea la policía de tránsito federal o provincial, no cumpla con las reglas de circulación y sólo combatan aquellas que les resulta fácil detectar y útiles para recaudar, no se van a solucionar los problemas.

Es más fácil poner una cámara en la autopista y sacar foto del auto que supera por 1 km/h la máxima permitida, que controlar las banquinas de esa misma autopista por donde circulan cientos de autos los días de mucho tránsito, provocando accidentes y demoras injustificadas a quienes cumplen las normas, controlar luces y señales, controlar malas maniobras, controlar velocidades muy lentas donde no se debe, controlar los derechos de paso, etc. Hay demasiados errores de conducción que cometemos los argentinos y no se combaten.

Bien es sabido que hay países muy cercanos al nuestro, como Uruguay y Chile, donde se maneja muy bien y la policía de tránsito, no sólo es incorruptible, sino que conoce al dedillo las normas y resuelve los conflictos para el bien del tránsito en sí.

Pero el ejemplo que deberíamos tomar es el de Brasil. Hace diez años atrás era imposible manejar en ese país vecino y era más peligroso que lo que hoy son nuestros caminos. A fuerza de educación y control exigente, hoy en Brasil se maneja cumpliendo a rajatabla las normas de tránsito y los niveles de seguridad aumentaron a niveles de países del primer mundo. Es decir, es posible. Sólo hay que tomar la decisión correcta y ejecutarla. Estamos lejos señor ministro, estamos muy lejos señor presidente, ¿no?

 

“Vamos a defender los derechos humanos”

¿De quien?. Todos tenemos derechos. Pero la organización de la sociedad necesita que nos rijamos por una legislación ordenada que reglamente nuestra convivencia.

Y no podemos, bajo ningún concepto, por defender ciertos derechos, perjudicar a otros. Los delincuentes son delincuentes y deben tener su tratamiento correspondiente. No puede ser que por sus “derechos humanos”, el resto de la población sienta mermados sus “derechos humanos” por tener que aceptar a un delincuente en libertad por la calle.

Pero así defendemos los derechos humanos… Que haya habido una matanza, una gran represión o una gran injusticia hace ya varios lustros, hace que hoy los simples ciudadanos, nos tengamos que cuidar solos de los asesinos, violadores y ladrones que los jueces dejan en libertad por sus derechos humanos.

¿Problema de la justicia?, ¿problema de la legislación?, la respuesta está como casi siempre en nuestra clase dirigente. Mejor dicho, en nosotros que no castigamos con el voto a nuestros dirigentes.

Estamos lejos señor juez, estamos lejos señor legislador, estamos lejos señor ministro, estamos muy lejos señor presidente, ¿no?

Ejemplos como los cinco nombrados hay muchos.

Existe una falta de interpretación de los deseos de la población por parte de sus dirigentes que debería preocuparnos seriamente. Y en esto incluyo a gran porcentaje de la clase política, oficialista u oposición, y especialmente a quienes nos han dirigido durante más tiempo sin solucionar los problemas de la gente común.

¿Será que una vez en el poder se pierde contacto real con la vida común? ¿será que la sociedad no envía bien sus mensajes? ¿será que existen intereses personales que nos alejan? ¿o un poco de cada cosa?¿O será que todavía existe el diario de Irigoyen?

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