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Buenos Aires: la ciudad del mal

Libertad y Progreso

Colaborador de Libertad y Progreso
mayo 14, 2015 11:00 am by: A+ / A-

Como reflejo de una sociedad lastimada, donde ciertos valores parecen nunca haber existido, en el marco del mas profundo desinterés por conservar los existentes, o prodigar su práctica, la convivencia, basada en el respeto y la empatía por el que camina junto a mí por la misma vereda, respira mi mismo aire, utiliza el mismo medio de transporte, se vale del mismo ambiente sonoro, cruza la misma calle para llegar a destino, parece ser un elemento que aunque implícito en la médula de gran parte de los problemas con los que nos enfrentamos al recorrer el lugar que habitamos, parece no importarle a nadie. 

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Malo es el ejemplo que una señora le da a una persona joven, cuando le muestra que puede sacar al perro, ensuciar con materia fecal la vereda, y seguir su camino como si nada hubiera pasado, en despecho de las decenas, cientos o miles de personas que habrán de transitar por el mismo espacio, con probabilidades estadísticas de pisar lo dejado por el can de la desinteresada señora, y volver a casa con más de un problema que resolver. Tendrá que limpiar su calzado (tarea harto desagradable), y tendrá que recuperarse del mal humor que le genera haber perdido tiempo en esa tarea, culpando como es lógico a la desidia de la señora, que en ese momento se siente aliviada porque ya realizó la tediosa tarea de sacar a pasear al perro, y no debe preocuparse por volver a hacerlo al menos por unas horas. 

Malo es el aire que se respira, en una ciudad con un sistema de transportes de la primera mitad del Siglo XX, con una demanda del Siglo XXI, donde el transporte del futuro parece estar destinado a ser el colectivo, en despecho de un sistema urbano de trenes que, de funcionar bien y llegar a todos los barrios, ahorraría tiempo, descongestionaría la superficie, haciendo más transitables las calles de la ciudad, y reduciría exponencialmente la producción de gases contaminantes, altamente nocivos para la salud. Imagínese recorriendo de norte a sur, o de este a oeste la Ciudad de Buenos Aires, en la mitad del tiempo de lo que lo haría con un sistema de transporte convencional, como el colectivo. Cierto es que dicha proposición puede ser tomada como ingenua, utópica y hasta poco afín al pragmatismo cortoplacista que desde hace casi un siglo gobierna los destinos de la ciudad y del país. Podría decirse que para la construcción de un sistema como el mencionado, de trenes que interconecten eficientemente todos los distritos de la ciudad, ágil y moderno, es precisa una inversión de carácter elefantiásico, y claro que lo es. Toda obra de magnitud lo es, y la preparación de semejante proyecto no representa una excepción, pero si personas como Sarmiento y Alberdi se hubieran doblegado ante la impotencia que plantean las dificultades de una determinada época, seguramente su obra hubiera sido mucho menos próspera de lo que fue, y la organización preparatoria del proceso que precedió a 1880 (comienzo del último período de la historia argentina construído sobre un proyecto de carácter largo – placista) de un territorio degradado antes de la llegada de Sarmiento por el analfabetismo, el atraso económico y el despoblamiento, quizá nunca se hubiera producido. Serían ellos, imbuídos por las novedades, las ideas europeas y el contagio entusiasta que dentro de la segunda etapa de la revolución industrial supuso el ferrocarril, quienes defendieran «a capa y espada» la idea de un país interconectado, a la manera norteamericana, pero también inglesa, por los trenes, que con su velocidad de traslado acortaban distancias, impulsaban el desarrollo expansivo de la industria y el comercio, incorporaban sectores marginales a la producción, y abrían las puertas del progreso donde la naturaleza y las condiciones del terreno antes no lo permitían. Y no fue con capitales nacionales (no exclusiva ni mayoritariamente), como nuestro actual sistema de ferrocarriles se constituyó. No fue en base al atraso, al aislamiento, al fundamentalismo nacionalista, o al conformismo como se llegaron a construir, de 1880 a 1916, más de 30.000 km de vías férreas, que conectaban puertos y zona litoral pampeana, y que si bien no integraban el territorio de forma ideal (como si lo llegó a hacer a fines del S. XIX Estados Unidos) constituían una notable mejora con respecto al precario sistema que antecedería al proceso mencionado, del que Alberdi y Sarmiento sentarían las bases intelectuales, con firmeza, rebeldía y valentía, enfrentando dictaduras y despotismos, y pensando desde la cultura y la inteligencia, con la libertad y el progreso como valores dominantes del discurso, el futuro de un país. ¿Por qué, entonces, la ciudad capital, la ciudad que en muchos aspectos (y en muchos otros no) sirve como espejo de una sociedad nacional, se resiste a entrar al Siglo XXI con transportes acordes a la demanda y a las necesidades actuales? Es obvio que lo económico representa un desafío pero, ¿no hay acaso organismos de crédito de alcance internacional, dedicados a dar préstamos de baja tasa y a largo plazo para la realización de este tipo de inversiones? ¿No fue así como (sobre todo durante los primeros tiempos) Estados Unidos construyó gran parte de su sistema de trenes? ¿No fueron los capitales ingleses los que posibilitaron la construcción de nuestro sistema en el período conservador de 1880 – 1916? ¿Adónde apunta el sistema de transportes porteño, si no es a la modernidad que imponen las sociedades tecnológicas, veloces e integradas que exige el mundo actual? ¿Debe hacerse la ciudad capital única responsable de dicha iniciativa, o debe trabajar en conjunto a nivel federal para facilitar la realización de tan ambicioso proyecto? ¿Puede en quince, veinte o treinta años tener un sistema de trenes como el que tiene París (mucho más pequeña que Buenos Aires, pero con 16 líneas de subte en funcionamiento)? Ninguna de esas preguntas tiene respuesta segura, pues depende de varios aspectos, entre ellos, de la voluntad de exigir desarrollo y progreso cuando votamos gobiernos, pero también de la capacidad y la real intención de los mismos de encarar proyectos estructurales, de largo plazo, cuyo tiempo de realización supere sus mandatos y se extienda con continuidad en el tiempo.

Malos son, también, otros aspectos deficitarios de la ciudad, no todos responsabilidad del ciudadano. Al ya mencionado frágil sistema de transporte público, se le debe sumar la falta de control (histórica y no concerniente sólo a la administración actual liderada por el Jefe de Gobierno, Mauricio Macri), que permite, por ejemplo, que camiones con altas cargas circulen a cualquier hora por cualquier calle no preparada para la circulación de vehículos pesados, que la contaminación sonora nos perfore los tímpanos, que tiremos la basura que producimos en nuestro hogar en cualquier lado, o que al pasar por al lado de una persona que se cae, nos ríamos de ella, o le preguntemos con una sonrisa burlona si se encuentra bien, en lugar de ayudarlo a levantarse y preguntarle si necesita ayuda con la genuina intención de ayudarlo.

Fifty and fifty, mitad gobernante, mitad gobernados. Debemos hacernos cargo.

Por Gonzalo Darío Alarcón

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