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sábado , 20 julio 2019

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Política universitaria: Rebeldía inteligente

Florencia Abram

Florencia Abram colabora con Fundación Libertad y Progreso, es Ingeniera Agrónoma y en 2014 fue presidente del Centro de Estudiantes de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires. Actualmente se desempeña en el área comercial de agroinsumos.
mayo 7, 2015 4:39 pm by: A+ / A-

Asambleas electorales en las que el rector, decanos y docentes deben refugiarse tras las paredes del Congreso para poder llevar adelante un acto democrático sin sufrir ataques ni repudios. Alumnos que toman el decanato de la facultad de Ciencias Exactas, porque están en desacuerdo con la elección de las nuevas autoridades. Se ha llegado incluso a impedir el tránsito para hacerse oír. Esta es la imagen que se muestra a la sociedad de la participación política estudiantil. Como la participación de los estudiantes en la gestión educativa no sea mal vista si mayormente, hoy, su reputación es la de evitar que la vida universitaria, al igual que la secundaria, se desarrolle normalmente.

La sociedad, los partidos políticos y las autoridades están dejando pasar una cuestión clave en esta discusión: los Centros de Estudiantes son organismos gremiales. Son el espacio con el que los estudiantes cuentan para defender sus derechos frente a las autoridades académicas.

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Sin embargo, hoy por hoy la política universitaria está más relacionada con semilleros de partidos nacionales que ingresan en las universidades a fin de encontrar estudiantes con espíritu activo para incorporarlos a actividades partidarias que nada tienen que ver con mejorar la institución en la que están desarrollando su carrera profesional. Eso no es política universitaria o participación gremial. Eso es sacar ventaja del espacio que las instituciones públicas les dan a los jóvenes para defender sus derechos estudiantiles. Les hablan de lo que tienen más a mano en ese momento, su vida universitaria, su ámbito facultativo, sus estudios y su futuro profesional.

En muchos casos,  los convencen de que la jerarquización del poder en las instituciones es un atropello a sus derechos. Que las autoridades hacen caso omiso de las necesidades de los alumnos y simplemente están allí para hacerse del dinero de las grandes corporaciones internacionales que van en busca de la sangre académica. Distorsiones de la realidad o directamente mentiras que llevan a algunos estudiantes a pensar que el único camino para defenderse es la violencia. Eso sí, hay que tener en cuenta que no se pueden cultivar este tipo de ideas faltas de sentido común si no hay tierra virgen y fértil donde antes sembrarlas.

Así, desde lo más chico hasta lo más grande, actualmente la política se desfigura, se distorsiona, se transforma – se mal forma -, se desvirtúa, se desorienta, se arruina.

Si se mostrara la otra cara de la moneda. Si se difundiera que esta no es la única realidad, quizás muchos jóvenes con verdadera alma participativa y comprometida con el trabajo serio se sumarían al gremialismo estudiantil y las cosas serian distintas. Debo anunciar que hay políticos universitarios que han entendido cuál es el verdadero sentido y objetivo que tiene este rol.

La verdadera política estudiantil debería ser independiente. Mencionar esto, en realidad, es reinventar la rueda ya que hay evidencia de sobra que sustente esta afirmación. Sólo un ejemplo es el de la agrupación Línea de Agronomía Independiente (LAI). Hace 32 años que lidera el centro de estudiantes de la Facultad de Agronomía de la UBA de forma totalmente apartidaria, con fondos propios, diálogo fluido con los docentes, estudiantes y autoridades, de modo pacífico y con reales intenciones de mejorar la calidad académica de la institución. El secreto está en que los jóvenes no ingresan en este grupo de trabajo para hacerse de un nombre o puesto político de algún partido o en algún cargo. Tienen honestas intenciones de trabajar de modo desinteresado y encuentran su lugar en la LAI. Tienen como prioridad el recibirse y hacerse de un título universitario. Sin embargo, como quieren algo más que un papel impreso que certifique que cursaron y aprobaron lo debido, buscan colaborar para que tenga un valor real, mejorando la calidad universitaria de su casa de estudios. Y lo hacen con principios fuertes que marcan su lineamiento de trabajo.

Empecemos a reencontrar el sentido de la participación y hagámoslo mostrando lo que hoy ya existe y funciona bien. Dejemos de machacar el nombre de la política con acciones que lejos están de corresponder al verdadero fin de la misma. Desarrollemos los espacios honestos ya vivos y concibamos otros nuevos donde el trabajo arduo, responsable, pacífico y lógico sea el motor de todo movimiento.

Revelemos a la sociedad que todavía hay espacios de participación que valen la pena. Reconozcámosle a cada institución cívica el lugar que realmente le pertenece y participemos activamente en sintonía con este principio.

Dejemos de justificar y ensalzar a los jóvenes por ser jóvenes. La juventud no es una virtud, es un estado transitorio con sus pros y sus contras que debe ser tenida en cuenta como tal, dándole el espacio que le corresponde y merece en nuestra sociedad. Aplaudo el idealismo y la iniciativa, así surgen las grandes ideas y proyectos. La juventud implica rebeldía; pero no violencia, falta de juicio o sentido común. Podemos soñar y dedicar nuestro tiempo a alcanzar estos sueños sin que se genere el comentario de que “ya entenderemos en un futuro pero por lo pronto somos sólo jóvenes”. Eso sólo lleva a que se nos justifique como a los locos y que nadie se tome el tiempo de explicarnos por qué tenemos o no razón, justo ahora que es cuando más necesitamos desarrollar conceptos y criterios, forjar principios.

Los jóvenes podemos ser rebeldes sin insultar a la inteligencia. Sólo que, para ello, los que se consideran adultos, tienen que dejar de respaldar nuestras estupideces y exigirnos la responsabilidad que, por nuestra edad, nos corresponde asumir.

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