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lunes , 25 marzo 2019

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La posverdad y la posmoralidad

Administrador LyP

Colaborador de Libertad y Progreso
marzo 6, 2019 11:23 am by: A+ / A-

Por José Luis Jerez*           

Vivimos tiempos de posverdad, en la que los hechos valen poco menos que nada. Pero lo cierto es que los hilos no se tejen solos: la posverdad no se instala entre nosotros porque sí, arbitrariamente, ni tampoco es el producto de la mera eventualidad. Se instala abiertamente, por filósofos (intelectuales de todo tipo), políticos, comunicadores sociales y artistas; todos ellos, más o menos conscientes, de que en esta –en la posverdad– habita un elemento para la transformación social, o también, un elemento emancipatorio. La premisa de fondo es la siguiente: “sin Verdad (con mayúscula), cada uno puede tener su propia verdad (con minúscula, pero verdad al fin)”. Lo de “verdad al fin” es, obviamente, bastante  discutible: puntos de vista, perspectivas, opiniones, no son precisamente, y mucho menos, necesariamente, verdades. Son, sí, meras opiniones, puntos de vistas y perspectivas subjetivas. El asunto de la emancipación es, en este caso, bastante simplón: por medio de una estratagema del lenguaje las personas creen estar libradas de las cadenas de la realidad que muchas veces se nos resiste y nos dice no… o bien, nos dice que con el simple deseo no alcanza, que hay que pasar a la acción, o también, que se debe trabajar para conseguir lo que se quiere.

Ya lo dijo Ayn Rand: “en cualquier periodo dado de la historia, una cultura debe ser juzgada por su filosofía dominante, por la tendencia prevaleciente de su vida intelectual tal como se expresa en la moral, en la política, en la economía, en el arte. Los intelectuales profesionales encarnan la voz de una cultura y son, en consecuencia, sus líderes, sus integradores y sus guardaespaldas”. Desprendo de esto que la posverdad –en tanto que elemento de la reflexión crítica– no se instala sino desde la voz y la acción de un sinnúmero de intelectuales que han sabido persuadir a gran parte de la sociedad en que la verdad no es otra cosa que una trama inútil, un juego del lenguaje, o que los hechos no existen, y que solo contamos con puras interpretaciones; o también, que la objetividad no es más que una tonta obsesión cientificista. Los intelectuales han parido un crío para emancipar a la sociedad. El punto en cuestión es que el crío, lejos de emanciparnos, se ha emancipado él mismo de sus padres creadores. Hoy la posverdad está en el aire que respiramos, y la mera opinión ha tomado protagonismo en detrimento del pensamiento y la reflexión. El psicoanalista argentino Gabriel Rolón se refirió a esto, en cierta ocasión, con un simpático neologismo: “paramisismo”. Lejos de la verdad lo que hoy importa es el “para mí…”, “para mí…”, “para mí…”.

Análisis político

Por su parte, el filósofo italiano, Maurizio Ferraris nos dice respecto a la posverdad que, evidentemente, “ya no importan los datos, los análisis exhaustivos y el estudio, lo que importa son solamente las sensaciones y las convicciones personales. Son muchos aquellos a los que les basta una conexión a internet, para hacerse promotores de su propia religión personal, revelada a golpes de clics y de noticias sin ninguna base”.

Pero lo cierto es que no existe elección epistemológica exenta de consecuencias éticas, políticas, sociales. Lo que implica que la posverdad (una mentira emotiva, o una distorsión de los hechos para influir en la opinión pública, para decirlo claramente) no carga, en modo alguno, con efectos indoloros. La posverdad se ha vuelto posmoralidad. Es así que hoy la ideología –ese conjunto de sensaciones y convicciones del todo personalísimas– acabó por taponar la realidad (los hechos en sí) con fenómenos, esto es, con puras apariencias.

Por su parte, el escritor y periodista argentino Miguel Wiñazky manifestó este mismo escenario diciéndonos que la posmoralidad es indiferencia hacia la ética, y la posverdad, indiferencia ante la falsedad. No es casual que hoy el periodismo, que debe ser una expresión del realismo, haya sido sustituido por la propaganda (periodismo militante). De este modo, la posmoralidad y la posverdad confluyen y se complementan. El mal, según Hannah Arendt, es la indiferencia. Por esto, negar la evidencia –la verdad– no puede sino llevarnos directamente hacia la posmoralidad, o lo que es igual a decir, al abandono de la vida ética.

Pero, si lejos de emancipar a los hombres, la posverdad no ha hecho más que llevarnos a la indiferencia y a la anti-ética, la pregunta obligada es: ¿quién se ha beneficiado con ella, con posverdad? Pues, los gobernantes populistas pueden responder esta pregunta con presteza, pero sépalo bien… responderán haciendo uso de la posverdad.

*El autor es profesor y licenciado en Filosofía; profesor en la Universidad de Flores (UFLO); e investigador de las universidades Nacional Autónoma de México (IIF-UNAM) y de la Universidad de Torino.

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