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De los distintos tipos de pobreza y los incentivos

Administrador LyP

Colaborador de Libertad y Progreso
octubre 23, 2019 9:08 pm by: A+ / A-

Por Alberto Ramón Althaus*

En la pobreza pueden darse muchas situaciones. No es lo mismo la miseria hasta el hambre de los habitantes del Impenetrable que la pobreza en las villas de emergenci o la pobreza cristiana. No queremos que esto se confunda con ciertas corrientes ideológicas, con la cultura ambientalista mezclada con la cultura hippie ni con la ideología marxista relacionada con los llamados pueblos originarios.

Los indios y gauchos del Impenetrable son gente simple, con sus defectos, pero con menos vicios que los que se encuentran en centros urbanos. En los barrios o villas de emergencia, en cambio, encontramos estructuras que generan la proliferación de organizaciones mafiosas de todo tipo y del narcotráfico, hasta el punto de que existan bebés nacidos con droga en sangre. En esos ambientes hay mucha influencia para que los habitantes se dejen llevar por la haraganería. Hay poco respeto a la propiedad de los otros, que se traduce en robos entre vecinos o usurpaciones de terrenos de otros o del Estado.    

Es muy difícil para cualquier ser humano mantener una conducta recta en estos lugares, donde el clientelismo, la ayuda mal entendida y la falta de seguridad ayudan a la proliferación del delito. Muchas personas que viven allí quieren mantener una existencia mínimamente normal como cualquier argentino, pero en muchos casos se encuentran en peligro.

Cómo reducir la pobreza

También hay quienes en los barrios de emergencia viven del ejercicio de la delincuencia. En otras épocas y siguiendo en esto las enseñanzas de Santo Tomás de Aquino, las leyes con su poder coactivo y educativo podían convertir por el temor a malos ciudadanos y malos hombres en buenos ciudadanos.

También tenemos a los ricos, que  a veces son presa de otros ambientes de desorden y pueden convertirse en lobos para los otros hombres. Este es el caso de los empresaurios argentinos que describió el economista José Luis Espert, empresarios que viven de la coima y de los sobreprecios en obras públicas y que son también sujetos con los que no se puede contar para construir un país.

Ni estudiar ni trabajar

En la Argentina se ha desarrollado una cultura de la muerte, del vicio y de la dádiva donde la consigna es no trabajar ni estudiar y, en algunos casos, buscar la delincuencia y la corrupción como formas de vida.

Aquí hay que darle la razón al economosta Roberto Cachanosky, que afirma que lo que falta es una cultura del trabajo que reemplace a la cultura de la muerte, del vicio y de la dádiva que mantiene a los pobres en su pobreza material, pero más grave aún, en la pobreza espiritual.

Se le dan posibilidades a jóvenes y adultos argentinos de estudiar y trabajar, pero los mismos no las utilizan debidamente, por los malos incentivos que los empujan a querer vivir eternamente del Estado, o a delinquir. Por momentos, la misma sociedad crea las condiciones para que ni se estudie ni se trabaje.

Tanto el trabajo y el estudio como el tiempo libre son valiosos para las personas. Ahora, para que una persona decida entregar parte de su tiempo libre para estudiar o trabajar debe recibir un incentivo valioso a cambio, en el caso del trabajo es el salario. Si ese incentivo es cubierto de otra manera por planes sociales, trabajo en negro, pago por asistir a actos políticos y changas lícitas e ilícitas, posiblemente, la persona no tendrá ningún interés en trabajar y, en caso de hacerlo, su trabajo será, muchas veces, de baja calidad por el desánimo que provoca en ciertos hombres ver que sus vecinos progresan mucho más por medio de la ilegalidad e inmoralidad.

Para que los jóvenes quieran ocupar el tiempo libre con estudio, el incentivo que le debe dar la sociedad debe ser lo suficientemente valioso, por ejemplo, un título que habilite para ejercer una profesión que le permita un futuro mejor. Si durante la primaria y secundaria se le permitió el ocio no intelectual y la vagancia, o sea, no se le exigió una buena conducta, es muy difícil que un joven adquiera hábitos de estudio al llegar a la universidad. Pero, además, por el progresismo de dejar que los jóvenes se comporten y hagan lo que quieran durante los años de la primaria y del secundario, los mismos carecen, muchas veces, de las herramientas cognitivas para leer, entender y comprender lo que deberían estudiar en universidades e institutos terciarios.

Por otra parte, como no quieren trabajar permanecen en el sistema educativo sin estudiar y sin trabajar, sin conseguir el título y sin adquirir una cultura de trabajo, con lo cuál la misma sociedad los convierte en mano de obra poco calificada y con dificultades para insertarse.

Ahora, casi toda la legislación y el derecho argentino, junto con los políticos argentinos, están empecinados en facilitarle a la gente una cultura de la muerte, del vicio y de la dádiva. Se trata de ser políticamente correctos y demagogos, se predica al mismo tiempo la seguridad para los ciudadanos y los derechos para los delincuentes, con lo cual, el ladrón hace un cálculo de lo qué puede perder si roba y lo que puede ganar y, evidentemente, la legislación y el derecho penal favorecen la delincuencia o no la combaten como deberían, con lo que la favorecen.

También, sucede lo mismo con la educación, el sistema educativo en gran parte está construido para que no exista ningún incentivo para estudiar y existan incentivos para la vagancia, la ignorancia, la violencia escolar y para dificultar e impedir la enseñanza de los docentes, al mismo tiempo que se reprime desde algunos sectores de estudiantes a quién estudia.

Dejamos en claro que a pesar de este sistema viciado de educación argentina pueden encontrarse instituciones, alumnos y profesores que dan su lucha por la buena educación. Pero esta no es una cuestión de mayores o menores salarios cuando muchos docentes favorecen las huelgas y se pierden meses de clases y por haraganería o por miedo evitan enseñar más de lo que establece un programa que padece un raquitismo crónico de conocimientos.  

No hay consecuencias para el alumno, en el sistema educativo, por dedicarse a perder el tiempo, de la misma manera que no hay consecuencias por tener una mala conducta o por llevar adelante ilícitos de cualquier tipo. En muchas escuelas no se le enseñan los méritos del estudio y ni siquiera se puede hablar de esfuerzo porque, según dicen, discriminaría con eso a aquellos que aún con esfuerzo no conseguirán sus metas. No hay castigos para las malas acciones ni premios para las buenas acciones, con lo que necesariamente las escuelas y colegios se transforman en fábricas de ladrillos brutos y, muchas veces, ayudan a forjar pésimos ciudadanos y favorecen la maldad de los jóvenes. Gracias a Dios, algunos adolescentes guardan esa inocencia del simple, ese sentido de la justicia y de la buena conciencia que los salva y que nos dan esperanzas pues constituyen lo mejor que tenemos hoy los argentinos.

En cuanto al que busca trabajo, por un lado, el sistema le está mostrando que existe un trabajo público de siete horas, sin exigencias, con mejor remuneración, con mejores vacaciones, que les permite, muchas veces, jubilarse antes, que les permite sacar licencias por enfermedad y jugar con el sistema. Observa también que existe una asistencia social que da el Estado y de la que se benefician más de 10 millones de personas, observa que existe otras formas de ingreso en la delincuencia, en el pago por asistencia a actos políticos, en las changas de los barras bravas, en un sindicalismo con ingresos extraordinarios, en el trabajo en negro, en los cortes de ruta y en el ejercicio extorsivo de la violencia contra el Estado y contra los ciudadanos, etc. y, por otra parte, sabe que el trabajo en el sector privado implica mayores exigencias y esfuerzos y, muchas veces, ingresos más bajos. Todo ello desanima, también, no ayudan las excusas y malos ejemplos que le suministran muchos juristas, periodistas, sindicalistas, políticos y gobernantes presentándole razones para rebelarse ante el trabajo y para verlo como algo de lo que debiera estar exento, entonces, no tiene incentivo alguno para esforzarse. Y si trabaja, muchas veces desprecia al empleador y lo combate por medio de una legislación laboral de la época de Mussolini que otorga privilegios al asalariado y castiga al empresario con la proliferación del negocio del juicio.

Es cierto que el emprendedor venezolano encuentra trabajo en Argentina, mientras que muchos conciudadanos han perdido el hábito del trabajo. Pero esto es culpa exclusiva de una legislación y un derecho y de ciertas estructuras que habría, en gran parte, que dinamitar como señala José Luis Espert y que hacen que el argentino no tenga ningún incentivo para ser trabajador, disciplinado, estudioso y emprendedor, no digamos como puntual, humilde, trabajador y honesto.

En ese aspecto, si bien las culpas recaen sobre la población y sobre cada uno de los habitantes que deciden obrar mal, también cierto que la responsabilidad principal corresponde al gobernante y a los políticos, según Santo Tomás de Aquino, es la ley un precepto de razón promulgado por quién tiene a su cargo el cuidado de la comunidad en orden al bien común político.

La definición nos dice que corresponde al gobernante y a los políticos ordenar la comunidad hacia el bien común político cosa que no han hecho, no han establecido las condiciones para que exista una cultura del trabajo y del estudio. Y esta es la verdad, el problema de Argentina son los argentinos pero principalmente sus gobernantes.

Las pasiones, la voluntad y la inteligencia de la población cegadas y dominadas por los vicios han encontrado excusas en falsos argumentos y falsos maestros para mantener estos vicios bien practicados y al día, en las últimas elecciones los argentinos se han mostrado reacios a cambios que exigirían un esfuerzo por parte de empleados públicos para pasar al sector privado, por parte de los que dependen de la asistencia social para comenzar a vivir del trabajo y esfuerzo propios y por parte de trabajadores, estudiantes y empresarios prebendarios para mejorar en sus actividades de acuerdo a exigencias que corresponden a cualquier país normal.

Decimos que queremos cambiar pero que sea gradualmente, de a poco, como el vicioso que quiere dejar sus vicios de a poco, si quiero, pero todavía no, dame un poco más de tiempo, y se engaña y engaña con lo que está en el peor de los mundos. Y, como un niño malcriado, amenazamos con prenderle fuego el país si nos quieren hacer trabajar o estudiar un poco más, mientras que los políticos, como padres descarriados nos elogian, nos dan la razón y señalan como muy probable que las amenazas que proferimos se cumplan sin que exista resistencia alguna de su parte ni del Estado.

San Pablo dijo: “el que no trabaje no coma“ pero los argentinos hemos encontrado una misericordia superior que dice el que no trabaja es porque no puede y el Estado debe ocuparse de brindarle comida, vivienda y vestido a costa de aquellos que trabajan y de los bienes ajenos. Esa misericordia recibía, en otras épocas, el nombre de latrocinio y los gobernantes que la llevaban a cabo recibían el nombre, a veces, de tiranos.

*El autor es abogado de la Universidad Católica de Santa Fe (UCSF), especializado en Derecho Comercial – Área Derecho Bancario de la Universidad Nacional del Litoral (UNL) y con magíster en Dirección de Empresas de la Universidad Católica de Córdoba (UCC) y la UCSF

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