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Pobrismo: el nuevo (viejo) cáncer de la política argentina

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Director de Políticas Públicas, Libertad y Progreso
enero 4, 2019 8:04 am by: A+ / A-

Por Martín Gastañaga.

EL CIUDADANO – Nuestra política ha estado atravesada, a lo largo de los tiempos, por innumerables defectos y problemas. Algunos parecen circunstanciales, otros perpetuos: autoritarismo, corrupción, baja institucionalidad, impunidad, refugio de malvivientes, son los primeros que vienen a la cabeza.

Pero en los últimos tiempos, y no inocentemente, se ha impuesto con fuerza –y con actores principales de alta importancia- el pobrismo. El término parece bastante vago, pero vale la pena el esfuerzo por precisarlo.distribución de ingresos y política

Según Manuel Solanet, uno de quienes han abordado el tema sin ambages, “podría ser definido como la exaltación de los pobres, poniendo el énfasis en su defensa frente al resto de la sociedad.  Es un enfoque clasista aunque distinto al del marxismo. No se sintetiza en los trabajadores versus el capital, sino en los pobres frente a los ricos y el poder económico. Mientras el marxismo habla de la explotación, el pobrismo habla de la exclusión y el descarte”.

Con estas explicaciones, ya aparecen nítidamente las caras que usufructúan de esto. Lo utilizan como trampolín político, como medio de vida, como usina de negocios. Están muy claros los que pretenden, no terminar con la pobreza, sino gerenciarla. “El pobrismo no considera la movilidad social. Los pobres son y serán. Con ellos se desarrollan lazos afectivos, de solidaridad y también de ayuda. Pero el pobrismo no elabora políticas ni procedimientos para que cada uno de los pobres evolucione hacia la riqueza. Más bien desarrolla un discurso de protesta dirigido a quienes ellos creen egoístas, que desprecian a los pobres o en el mejor de los casos los ignoran”, agrega Solanet, y esas precisiones son la clave: los pobristas viven de la multiplicación de los pobres, y la praxis política populista lo ha demostrado cabalmente.

Hay un innegable triunfo cultural que ha logrado el pobrismo, hijo de la mediocridad, de la bajísima cultura política, y es ese aire de superioridad moral con que miran al resto. Cualquiera que cuestione el pobrismo es visto como un desalmado, como una basura que debe ser combatida, porque homologan su posición con “querer a los pobres”, entonces cualquiera que cuestione sus ideas es, por definición alguien que los odia. Lo mejor que le puede pasar a los pobres, innegablemente, es querer que dejen de serlo, pero la trampa dialéctica es que combatir la pobreza es querer desaparecerlos, o negarlos.

Solanet concluye diciendo que “tiende al asistencialismo. A redistribuir la riqueza que ya existe. Desconoce la inversión productiva y la generación de trabajo. Esto es consecuencia de que los pobristas descreen en el capital y tienen aversión a las grandes empresas. Prefieren dar pescado que enseñar a pescar. A lo sumo son condescendientes con la pequeña empresa, las pymes, que serían una réplica de los pobres frente a las grandes corporaciones”, y llega al meollo de la cuestión cuando afirma que “es común que el pobrismo tenga base religiosa. Para los hombres de Fe vale el mandato evangélico de amar al prójimo como a sí mismo. El papa Francisco es un pobrista y ha convocado a esa visión a muchos otros obispos y sacerdotes. El mensaje de Laudato si en su capítulo social expone con toda claridad esa posición, que luego se ha reiterado en todos los mensajes y documentos”.

Juana Bignozzi, pese a ser poeta, no utilizó metáforas, sino más bien fue muy taxativa: “Subvencionar a los pobres (pobrismo) es quitarles la dignidad. En un momento sí, pero es una medida pasajera, no es una política de Estado subvencionar un país”.

El discurso pobrista, entonces, se basa en un eje, que es el reparto de la riqueza, un paso necesario para corregir desigualdades, pero falla en un punto, que podemos verificar en nuestra historia reciente. Para redistribuir la riqueza primero hace falta producirla, sino se termina redistribuyendo miseria.

Y nada plantean los pobristas para generar riquezas, salvo que se crea que se puede mantener un país con románticas cooperativas de desocupados labrando parcelas de tierra para subsistencia, lo que suena muy digno a las almas nobles, pero completamente inverosímil pensando en un país real. Confundir riqueza y renta no es nada inocente.

Curiosamente los pobristas, conservadores al fin, como todo movimiento de origen místico o religioso, son grandes defensores del consumo: piensan que somos lo que tenemos, lo que hemos logrado acumular, en una contradicción que jamás se encargan en aclarar.

En las aguas del pobrismo pescó históricamente el peronismo, como bien lo definió Alejandro Bongiovanni, de la Fundación Libertad: “El peronismo ve en la pobreza una oportunidad. La fibra central del peronismo siempre han sido las clases con menores recursos, algo más permeables al asistencialismo económico y al encandilamiento del líder. La pobreza es capital político. El populismo –del que el peronismo es nuestra versión vernácula– responde a las demandas sociales de la gente más necesitada, a través de dádivas que los transforman en votantes cautivos. El peronista debe estar cerca del pobre, tocarlo y dejarse tocar. Debe escucharlo, abrazarlo, pero cuidarse de que el pobre no deje de serlo, porque de este modo corre peligro de que se convierta en un ‘antipueblo’, que exija otras demandas sociales (educación, seguridad, por ejemplo), y que no se deje llevar por discursos decimonónicos y simplistas”.

A pasitos del 2019, con el escenario electoral en pleno armado, el pobrismo ya ha formado una tríada de peso que ensaya sus primeros movimientos. El lanzamiento de Juan Grabois como portaestandarte de Cristina, amparados ambos por la mirada del papa Francisco, conforman un núcleo duro de mucho peso. La figura del pontífice ayuda a “lavar” muchas manchas, sobre todo de cara a escenarios internacionales, y sin duda también contando con el predicamento que aún mantiene para muchos en nuestro país.

La operación tiene, en algunas aristas, cosas risueñas por lo escandalosamente contradictorias. Cristina, por ejemplo, aspira a que compartan espacio los dos pañuelos bajo su ala. EL verde de los abortistas, donde cosecha gran adhesión pese a haber negado el debate durante ocho años de poder absoluto; y el celeste de los provida con Grabois y Bergoglio.

Si para algunos el escenario político argentino para el año que comenzará era populismo vs. pospopulismo, los últimos movimientos cambian el tablero. El pobrismo busca su lugar con todas las armas. Para algunos es el futuro –hay incluso trabajos de ciencias sociales que postulan como deseable la “pobrecracia” (está escrito, no es broma) donde los votos de los pobres valgan doble porque son los que necesitan soluciones y deberían valer más sus demandas- pero para otros, entre los que me cuento, significa una intolerable vuelta al pasado.

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