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Laudato Si: una crítica constructiva

Administrador LyP

Colaborador de Libertad y Progreso
diciembre 28, 2018 12:44 pm by: A+ / A-

Por Pedro J. Toranzo

Como católico, fue un ejercicio muy interesante leer y analizar esta Encíclica, que de por si incita a una manera de pensar ligada a la responsabilidad ambiental del ser humano. La dificultad de expresar opiniones sobre la Encíclica reside en que se juega mucho en temas técnicos. Al ser un documento papal, requiere una aceptación desde la fe. Sin embargo, en temas tan técnicos se torna un desafío el compartir de modo total los conceptos que propone.

Es claro que el carisma principal de este documento papal es el camino elegido por el grandísimo santo, no sólo del catolicismo, sino también del mundo entero San Francisco de Asís. Surge de por sí, un desafío lógico, entre la universalización de este particular carisma, como espíritu a aplicarse en la relación hombre-ecosistema natural;  y con la existencia ‘precaria’ del hombre en la Tierra.  Debemos recordar que San Francisco y su orden, pertenecen al tipo de carisma mendicante, junto a tantas otras órdenes en la Santa Iglesia Católica, como los dominicos,  las hermanas de Santa Madre Teresa de Calcuta y tantos otros.  Este carácter particular del Franciscanismo, crea de por si un desafío en cuanto a su universalización.

También, puede resultar confuso, desde el punto de vista gnoseológico y antropológico; que se mencionen conceptos como: «conversión ecológica»[1], «crisis ecológica»[2], «ecología de la vida diaria»[3], «cultura ecológica»,[4]’. Términos como «cultura integrada», «completa», «unidad de vida» –mencionados en encíclicas anteriores-, son quizás conceptos más precisos;  que estos términos ligados con lo «ecológico», que tienen un tinte distinto a las definiciones de la doctrina católica tradicional.

El uso del término ecológico, promueve que el hombre, es parte de un ecosistema; lo cual es una visión de lo humano parcial, incompleta y hasta demasiada terrenal. El hombre es para el Creador el centro de la creación misma.

El hombre es un ser político, social, religioso, amoroso y también económico. El economista Adam Smith ya decía  que el hombre tiene  una gran propensión a transportar, intercambiar e intercambiar una cosa por otra (5). Podríamos quizás también recordar que nuestro Señor Jesucristo hasta alrededor de los 30 trabajó con San José a la par como carpintero, necesariamente intercambiando en un mercado sus productos, a fin de subsistir como ser humano.

El punto 12 de la encíclica describe el principio franciscano «de mantener parte del jardín, y o de la Tierra de modo original». Esta visión es aplicable a los efectos de contemplar al Creador en su divina creación; pero sin olvidarnos que debemos utilizar responsablemente gran parte de la superficie de la Creación, a los efectos de subsistir y desarrollarnos como especie.  El obispo católico Fulton Sheen en este sentido aclara: «Casi todo en el universo fue creado para ser consumido» (6). Es por ello, que la naturaleza, existe primordialmente, para satisfacer las necesidades humanas, y cuando esto sucede de manera responsable, se glorifica al Creador.

Cuando el punto 67 de la Encíclica menciona que entre el Planeta y los hombres existe una relación de responsabilidad mutua; este concepto se debería interpretar metafóricamente, puesto el único que puede o no ser responsable es el hombre.

En los puntos 70 y 221 de la encíclica se menciona una supuesta fraternidad del hombre con la Creación. Esta concepción, producto de una interpretación literal del fransicanismo, puede llevar a la confusión, puesto que la relación hombre-hombre es la que se baña de fraternidad, no así la relación hombre-naturaleza, que se define como un señorío responsable.

San Juan Pablo II aclara con precisión este tema. «El mundo no es capaz de hacer al hombre feliz. No es capaz de salvarlo del mal en todas sus especies y formas: enfermedades, epidemias, cataclismos, catástrofes y otros males semejantes. Este mismo mundo, con sus riquezas y carencias, necesita ser salvado, ser redimido…..El mundo entero está sometido a precariedad, como dice Pablo en la Carta a los Romanos; está sometido a corrupción y mortalidad»(7). Con este párrafo, el santo polaco de nuestro siglo describe de modo preciso la relación hombre-naturaleza.

En el punto 52 de la Encíclica existen una serie de imprecisiones conceptuales. Aclaremos que no necesariamente las tierras del Sur están más contaminadas que las del Norte.  Del mismo modo, los ecosistemas del Norte son tan importantes, como los del Sur;  basta con poner énfasis en ecosistemas como la Tundra y Taiga; corrientes marinas y mares del hemisferio Norte o las fuentes de aguas del Himalaya y cuencas ribereñas aledañas a estas. Del mismo modo, es preciso aclara que las víctimas de los desastres naturales actuales son globales y de ningún modo se focalizan en una región o hemisferio.

En el punto 54 del documento papal se podría aclarar que los intereses económicos que responden a los países, a los ciudadanos, a los individuos que consumen; no son menos perversos que los mismos individuos. El foco de la crítica a la falta de un desarrollo económico sano, no debería ser solo contra los intereses económicos, como algo misterioso; sino a todos los individuos de la sociedad, ya sea empresarios, gobernantes, como simples consumidores.

Si bien es cierto que ciertos mercados todavía carecen de justa competencia; las leyes naturales del mercado, la  educación del consumidor y la cambiante legislación tienden a corregir estas distorsiones de la economía. De todos modos, estas distorsiones siempre existirán, puesto que las leyes del mercado responden al hombre y su naturaleza caída. Claro está, con la ayuda de Dios y su propio esfuerzo el hombre debe humanizar y co-redimir; es decir hacer más justas las leyes de los negocios.

En interesante tema tocado en el punto 58 de la Encíclica, se podría aclarar que, casi indefectiblemente, los países menos contaminados le deben esa limpieza ambiental a un superávit económico, que permite gastar fondos en temas ambientales. La lógica nos dicta que para ello es necesario el desarrollo económico previo.

Hoy por hoy, la civilización se haya supeditada a eficiencias, legislaciones y estándares de carácter ambiental, como nunca antes. Claro está, el camino a recorrer es todavía extenso. La era post-industrial no puede ser nombrada como la más irresponsable de la historia. En otras eras anteriores no existieron ni la mitad de los derechos, ni la calidad de vida que hoy los individuos pueden acceder globalmente, más si tenemos en cuenta la cantidad de población actual.

Parece fácil atacar a un despersonalizado consumismo, tal como sucede en los puntos 144 y 145 de la Encíclica. Opino que más que una imposición del consumismo y la calidad de vida sobre las comunidades son estas mismas comunidades, donde sus valores y tradiciones han decaído por falta de práctica, mantenimiento de las mismas, o falta de educación; lo que impulsa a los jóvenes a sumarse al consumismo.

En los puntos 199-200 de la Encíclica es cierto el conocimiento científico no debe ser tomado como absoluto y de hecho pocas veces es tomado como tal. Controvertidamente, el conocimiento científico en temas como el cambio climático es tomado mayoritariamente como conocimiento absoluto; cuando en realidad es conocido que un entendimiento absoluto sobre del sistema climático global es de por sí un desafío que aún supera al ser humano y su estado actual de la tecnología.

 

[1] Punto 217, Laudato Si.

[2] Puntos 15, 63, 101, 119, 201, 209 y 217; Laudato Si.

[3] Cap. III, Laudato Si.

[4] Punto 111, Laudato Si

[5] Adam Smith, «An inquiry into the nature and causes of the Wealth of the Nations», University of Chicago Press, 1976, I:17.

[6]»Treasure of Clay», autobiografía de Fulton Sheen, Doubleday Publishing Group, New York, 1980, Pag. 109.

[7] «Cruzando el umbral de la esperanza», Juan Pablo II, Plaza y Janes Editores S.A., 1994, Barcelona, Pag. 73.

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