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Posmodernismo: el caldo de cultivo para las políticas populistas

Administrador LyP

Colaborador de Libertad y Progreso
diciembre 18, 2018 1:16 pm by: A+ / A-

Por José Luis Jerez*

Ante el populismo, realidad. Si es cierto que no existe elección epistemológica exenta de consecuencias éticas, políticas, en fin, sociales (lo que es igual a decir que los distintos universos simbólicos en algún punto siempre se tocan), vale esbozar una hipótesis de fondo para este artículo: que entre el « realismo filosófico » y el « populismo político » existe una relación del todo causal. El actual vuelco hacia un nuevo realismo en filosofía se presenta así como uno de los efectos críticos más significativos para la vida de las personas, producido, de algún modo indirecto, por las políticas populistas.

Por ejemplo, el viraje hacia esta apelación cívica de “Populismo nunca más”, que hoy se respira en el aire de gran parte de Latinoamérica, lleva a pensar, entre varias cuestiones, que nuestra época es el fruto de un agotamiento con respecto a la manipulación que se ha venido  haciendo de las palabras –populismo mediático–, de la verdad y de los hechos. No es casual que así como en los últimos años se ha dicho y escrito mucho sobre las consecuencias negativas de las políticas populistas en América Latina, lo mismo haya sucedido, en el plano filosófico con el realismo, aunque contrariamente, en este caso, no de un modo negativo. Hoy, por ejemplo, se habla mucho de un viraje hacia el realismo (un giro ontológico), que viene a posicionarse por encima de lo que se ha dado en llamar, en su momento, Linguistic Turn (giro lingüístico), y que arbitró –directa o indirectamente, intencional o no, no es el punto– como una excusa para hacer y decir lo que se vino en gana.    

Concretamente, ¿en dónde se inscribe esta relación entre el realismo filosófico y el populismo político? En el agotamiento que ha producido en el espíritu de las personas esa extraña pauta equivocista según la cual “todo da igual y lo mismo”; una extenuación con respecto a la imposición del lenguaje de lo políticamente correcto, que más que liberar, ha sojuzgado a todo aquel que se rehúse a reproducir las expresiones aceptables, aun cuando “lo aceptado” en nada se corresponda con los hechos y la realidad. Dicho esto, ¿cuál ha sido la consecuencia a este desgaste? Una oleada de insatisfacción que acabó en una magna demanda de realidad, lo mismo que en una petición de verdad (y no ya de simple persuasión o verosimilitud).ç

En este artículo intentaré mostrar cómo, centrados en las palabras antes que en las cosas, los profesores y teóricos de la posmodernidad han sentado las bases cognoscitivas que sirvieron de caldo de cultivo y legitimación epistemológica a los gobiernos populistas.

De cómo el mundo verdadero acabó por volverse un “cuento chino”

Nuestra cultura posmoderna ha defendido –explícita o implícitamente–, banderas tales como la « muerte del hombre » y su extravío en un sistema anónimo; el constructivismo social y su coextensivo relativismo; el colectivismo y el igualitarismo por sobre las libertades individuales; el rechazo de la razón y la aceptación del deseo como único elemento de emancipación; la ironización como táctica y estrategia crítica; la solidaridad en remplazo de la objetividad; la verosimilitud persuasiva por encima de la verdad lógica; la libertad social por encima de las libertades individuales, entre otras tantas variantes del irrealismo. El discurso filosófico hizo un gran aporte al entramado de nuestra cultura. Este dio, discursivamente, forma y fondo a la cultura del siglo pasado, la cual sigue vigente en nuestros días, como un fantasma que recorre Latinoamérica y otras partes del mundo. Y, tal como lo ha dicho Ayn Rand: “En cualquier periodo dado de la historia, una cultura debe ser juzgada por su filosofía dominante, por la tendencia prevaleciente de su vida intelectual tal como se expresa en la moral, en la política, en la economía, en el arte. Los intelectuales profesionales encarnan la voz de una cultura y son, en consecuencia, sus líderes, sus integradores y sus guardaespaldas”.

Es así –y esto un hecho bien difundido– que la filosofía predicada por los profesores de la posmodernidad ha entablado una íntima relación con cuestiones de índole política, y puntualmente, con la izquierda radical. Tal como nos dice el profesor en filosofía Stephen Hicks, entre los nombres más importantes del movimiento posmoderno, difícilmente nos tropecemos con alguna figura que no pertenezca a la izquierda radical. “Michel Foucault, Jacques Derrida, Jean François Lyotard y Richard Rorty, son, todos ellos de la izquierda radical. Y también lo son Jacques Lacan, Stanley Fish, Catharine MacKinnon, Andreas Huyssen y Frank Lentricchia”.

En este sentido, sería un reduccionismo atender a la filosofía del siglo XX teniendo en cuenta sólo sus asuntos epistemológicos. De hecho, son justamente sus tesis cognoscitivas las que no están exentas de consecuencias éticas y políticas. Y, por cierto, no está de más aclarar que difícilmente una tesis filosófica –sea realista o irrealista–, se encuentre al margen de implicancias sociales. En otras palabras, el « adiós a la verdad »; la « muerte del sujeto »; el « rechazo a la idea de Progreso » –aunque por otro lado adoptasen el concepto de progresismo prostituyéndolo a su manera–; la « reducción y disolución de la realidad en el concepto »; la « supremacía de la estructura por sobre el individuo, y el fin del Humanismo »; el « profundo escepticismo y la desconfianza en la razón »; el « relativismo extremo »; el « consentimiento del nihilismo contemporáneo »; y otros tantos excesos, no han cargado –al decir del filósofo italiano Maurizio Ferraris– con un efecto indoloro.

Pero lo cierto es que nada es ex nihilo. El posmodernismo filosófico ha hincado sus raíces parasitarias en la filosofía de la Modernidad, a la cual ha vituperado y de la cual se ha servido a gusto y según su conveniencia. Y, de la misma manera que no existe destrucción posible (de-construcción) si previamente no hay algo construido, nada sabríamos de las tesis posmodernas sino fuese gracias a los descomunales edificios teóricos que los filósofos modernos habían dejado de herencia. Si trazamos una simple comparación, tenemos que  contrario a los “posmodernos”, los “modernos” sí confiaron en los sentidos (empiria) y en la razón (racionalismo) –en otras palabras, en las fuerza racional de cada ser humano–, como elementos suficientemente competentes para conocer la naturaleza de las cosas, y según sean las necesidades humanas, para modificar nuestro entorno, y con este, forjar nuestro propio plan de vida. Los posmodernos han rechazado esta idea –que podemos conocer la naturaleza de las cosas– al tiempo que han dado la espalda al realismo, o peor aún, a la realidad misma. El camino del posmodernismo es el camino del devenir constante, del equivocismo, del caos y el nihilismo, razón por la cual sus mayores exponentes modernos han sido Friedrich Nietzsche y Martin Heidegger.

Las tesis más significativas de estos últimos, en donde los posmodernos abrevaron, y de las cuales se ha servido la cultura de la izquierda populista son las siguientes: de Nietzsche: “no hay hechos sólo interpretaciones”. En este sentido, habría que aceptar sin más que “el mundo verdadero acabó por volverse una fábula”, cuando no, una de esas mentiras disimuladas en un relato fantástico de dudosa veracidad que todos conocemos como un “cuento chino”. Y, de Heidegger, se volvió central la tesis de la “diferencia ontológica” –una diferencia entre el ser y el ente–, que conlleva en su vientre un rechazo de la ciencia y la técnica.

Ahora bien, y vamos a la política populista: ¿qué cosa habita en el corazón “progre” de los teóricos de la posmodernidad al servirse de estas dos tesis? La idea, tanto filosófica como política, de la emancipación humana. Dicho así, la buena intención queda sobre manifiesto. Pero lamentablemente no todo en la vida son buenas intenciones.

Una amarga verdad

Para tratar con la filosofía posmoderna, trasfondo de nuestro contexto epistémico-cultural, hay que dar con una idea que es central: “allí donde los modernos veían naturaleza y realidad, los posmodernos han visto conceptos, palabras, discursos, mascaradas y mitos”. Este postulado resulta fundamental si lo que queremos es comprender no sólo la esencia de la filosofía posmoderna, sino nuestro propio espíritu epocal. Atendiendo a esta idea medular, afirmo que la mentalidad de la izquierda posmoderna puede resumirse, poco más o menos, de la siguiente forma: sin realidad, todos pueden tener su propia “realidad” (bien entrecomillas) discursiva, lo mismo que su propio mundo significativo; sin verdad, todos pueden decir, a viva voz, su propia “verdad” (que más que verdad es una interpretación ideológica del todo personalísima); sin idea de Progreso –punto de choque de la política filosófica posmoderna–  nadie está por encima de otro; todos somos así indistintamente iguales en el estancamiento. De este modo, sembrado el antirrealismo; aceptado el mito de la común solidaridad por encima de la objetividad; admitido como uno de los tópicos centrales el escepticismo en la razón y la confianza ciega en el deseo como único elemento emancipador; acordado el colectivismo como sinónimo de igualitarismo; aprobado el lenguaje, no como herramienta para acceder a lo que es, sino para “crear” ideológicamente lo que mejor convenga, se creyó que la emancipación humana sería un hecho. Sin embargo, y muy lamentablemente –la experiencia nos sirve de testigo–, los últimos años han demostrado una amarga verdad que tomo de la filosofía realista (il Nuovo realismo) de Maurizio Ferraris: “y esta es que el primado de las interpretaciones sobre los hechos, la superación del mito de la objetividad, se han cumplido, pero con la nada despreciable salvedad de que estos dichos no han tenido los resultados de emancipación profetizados por sus profesores”.

Ahora bien, –y tal como se ha dicho al comienzo– que la cultura posmoderna haya servido de caldo de cultivo para las políticas populistas queda evidenciado en el valor primario que este tipo de práctica de gobierno (totalitarios de base democrática) ha puesto en el lenguaje y en el poder del discurso, no ya como herramienta que nos acerca a la realidad, al mundo, a la verdad y a los otros, sino como arma estratégica, de persuasión, necesaria para la construcción de una realidad cuanto más acomodaticia, aquella que mejor se ajuste a nuestros deseos e intereses, según sea la ocasión. Es por esto mismo que para cualquier tipo de proceso de construcción, al populismo le basta con las palabras, la discursividad, el sortilegio y la persuasión: el grito tribunero, en el caso del populismo más tradicional, y el lenguaje hipertextual de la virtualidad, en el caso del neopopulismo, que bien sabe trasportar mediante símbolos el clamor de las masas hacia la fascinación del espectáculo melodramático (tal como lo ha dicho Miguel Wiñasky en cierta ocasión). Y, claro está, no debemos olvidar el poderoso aparato propagandístico que difunde el mensaje del Partido. De aquí que la batalla contra los medios de comunicación, y la Prensa sea siempre un claro síntoma de los gobiernos populistas.

En fin, que los posmodernos hayan diluido la realidad en meras interpretaciones, y que la cultura lo haya asimilado con tanta presteza, ha servido como una excusa para hacer y decir lo que se quiere. Y, tal como se señala desde el Nuevo realismo: la llegada de los populismos mediáticos y políticos ha facilitado el “adiós a la realidad”, un adiós para nada emancipativo, sin mencionar el uso desprejuiciado de la verdad como construcción ideológica. En los medios masivos, en los discursos políticos, y en los programas de debate político se ha visto reinar el principio de Nietzsche “no hay hechos, sólo interpretaciones”, que hace pocos años los filósofos han propuesto como vía para la emancipación, y que evidentemente no ha cumplido con la promesa de autonomía y libertad que alimentaba.

Luego de todo lo dicho, podemos determinar cuál es el elemento central que identifica al posmodernismo con estos gobiernos autoritarios de base democrática. El elemento de interrelación es el lenguaje. Las prácticas discursivas resultan ser así, sumamente eficaces para la construcción de la realidad más conveniente, más aún, si previamente se ha persuadido a la gente de que no existe tal cosa como la Realidad (eso que los alemanes denominaron con el nombre de Wirklichkeit), pues al parecer, todo se reduce a un “conflicto de interpretaciones”, que bien entendido no es otra cosa que un mundo de opiniones, de puntos de vistas, de “a mí me parece que…”. Los académicos de la posmodernidad han sabido persuadir a la gente, desde su palco intelectual y negacionista, con exclamaciones del tipo: “¡aquel que crea en la existencia de una realidad externa, independiente a los hombres, será tan autoritario como antidemocrático!”. Exclamaciones de esta índole son las que colaboraron con la cultura de lo politically correct, de la cual hoy resulta espinoso librarse. De este modo, y a través de un negacionismo absurdo, se licuaron los hechos, y se ha menospreciado el valor de los datos, el archivo y los documentos, y que mejor resulta el partido de la equivocidad hermenéutica, el de las múltiples interpretaciones ad infinitum, sin ningún arraigo con la referencia real. Tengamos, pues, esto bien presente: que ninguna elección epistemológica (tesis académica) se encuentra exenta de consecuencias éticas y políticas. Así, sostiene Ferraris: “Usted no puede prescindir de lo real. Está delante suyo y no está dispuesto a negociar. Como sea, su presencia nos agrada o nos hace infelices, e insiste, ahora y siempre, como un hecho que no soporta que se le reduzca a interpretación” […] Las necesidades reales, las vidas y las muertes reales que rechazan ser reducidas a interpretaciones, regresan a reclamar sus derechos”.

Y así es, por muy lamentable que resulte ante los ojos de los irrealistas, adoradores del discurso, y a los cortesanos que se arrodillan ante las palabras del “rey filósofo”. De cuando en cuando, la realidad golpea a la puerta, y el discurso, por poderoso que se haya exhibido, cae de bruces, por falta de correspondencia con lo real, pero también así, por falaz, por encubridor e inmoral.

*El autor es licenciado en Filosofía de la Universidad Nacional de Comahue; profesor de la Universidad de Flores e investigador de las universidades Nacional Autónoma de México y Torino

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