jueves , 26 abril 2018

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El Estado, ese aparato represivo de libertades individuales

Natalia Motyl

Licenciada en Economía (UBA). Analista económico de Libertad y Progreso.
abril 13, 2018 7:59 am by: A+ / A-

El interés individual versus la utopía del interés común

Como es bien sabido, el rumbo económico del país se encuentra condenado a los intereses de los diferentes actores que lo integran. Muchas veces se debate el consenso sutil que existe en nuestra sociedad académica sobre la “benevolencia” que podrían llegar a tener ciertos intereses. Ese concepto tan educadamente puesto en los libros de textos y tan enfáticamente ignorado por muchos: el milagroso interés común. Un tamaño cúmulo de idea que en realidad no existe.

La noción de “interés común” es meramente ilusoria e inalcanzable a los ojos de la naturaleza del hombre.

Es llamativo sólo pocos podamos interpretar acertadamente las señales, ideológicamente demagogas, que se encierran detrás de la imposición en torno a la idea de beneficio mutuo colectivizada por ciertos grupos socialistas.

Esos eternos debates de qué es lo bueno y qué es lo malo.

Cuántas veces hemos escuchado a los flamantes jueces del día a día otorgarles una cualidad a las acciones puramente egoístas. Todos tenemos intereses, desde que nos levantamos hasta que nos acostamos perseguimos un interés particular. Por ejemplo, mi interés egoísta es lograr la libertad absoluta del ser individual que logre la plenitud de mi esencia.

El que se encuentra leyendo esto tendrá otras similares o no pero éstas serán siempre diferentes. Es decir, ambos podríamos desear la libertad. El lector para lograr un micro emprendimiento a través de la reducción de impuestos o yo para que la identidad de uno no sea corrompida por la acción deliberada del Estado, sin embargo, aunque ambos juguemos del mismo lado de la cancha, nuestros deseos son naturalmente egoístas.

Adam Smith, padre de la Economía Política, define al hombre como un ser de naturaleza egoísta. ¿Por qué ir en contra de la naturaleza de uno? No existe nada más autorepresivo que negar la condición natural de nuestro ser.

La aceptación es el primer paso hacia la libertad y Adam Smith lo entendía perfectamente. El autor escocés planteaba que el individuo se encuentra inmerso en diferentes esferas de relaciones interpersonales. Aquellas relaciones que mantiene de forma más cercana al día a día, como los padres, los hijos, los amigos frenan su egoísmo natural a través de la empatía hacia el otro.

Sentimos ciertos reparos por los sentimientos del otro por ende, podríamos llegar a sacrificar ciertas ventajas o acomodarnos a las exigencias de los que integran nuestro círculo más íntimo. Suena bastante cliché pero la empatía y/o el amor hacia el prójimo es la contracara del egoísmo natural.

A pesar de ello, no podemos amar ni sentir empatía por todo el mundo ya que para ello deberíamos conocer y tener cierto conocimiento de la existencia de la otra parte. Por lo tanto, aquellas esferas de relaciones interpersonales que queden más relegadas del individuo deberán convivir cordialmente y el modo para lograr ello es a través del libre funcionamiento del mercado.

La competencia entre los diferentes individuos y el egoísmo de perseguir su interés particular llevará a que se deba, necesariamente, pensar en el resto a la hora de accionar. Imaginemos a un individuo cuyo interés sea adquirir poder sobre un determinado grupo, no tiene que ser más que carismático, amable y de buen discurso para lograr la adhesión de una pequeña mayoría necesitada de atención. Sí, la manipulación de masas es consecuencia de la acción egoísta de un único ser autómata.

Ludwig von Mises, el referente austríaco, distinguía en “Acción Humana” que no hay nada de común en ningún interés. La causa no puede ser ajena al egoísmo. Cada vez que mencionamos el “yo quiero” connotamos el interés particular del yo y esto no tiene nada que ver con el todos/nosotros/ellos. No es más que hipocresía sacar la banderita de que nuestras acciones son pensando en el resto cuando la motivación proviene de un deseo interno. Si dicho deseo le pertenece al individuo que lo engendró, no hay razón para confiar que la motivación sea realmente la que postula ya que el resto le es ajeno a este.

Muchos se sorprenden cuando se observan enriquecimientos ilícitos en beneficios comunes y no es más que una práctica completamente racional y natural. El problema no es que, ante un Estado Benefactor, prime el egoísmo del sujeto sino que haya personas que todavía se sorprendan que no haya sido de otra forma.

El Estado no es más que un aparato represivo de libertades individuales controlado por individuos egoístas.

Cuanto más grande sea este Estado, más libertades deberemos sacrificar para favorecer intereses particulares. ¿Y al final del día quién gana?

Invisibilizar la influencia del ego en la acción no implica que en el acto de la elección el individuo no posea un ego. El ego no es más que la ausencia de inercia, si decidimos muy seguramente es porque detrás de esa decisión se encuentra el ego. Actuar es la manifestación de una esencia, de una idea plasmada en acción. Este hecho le quita completa pasividad al sujeto ya que cualquier mínima acción tuvo detrás un ego y la justificación de índole no individualista enajena la conciencia que se tiene sobre nuestros actos.

Las implicancias que puede llegar a tener el fantasma del “interés común” en materia económica fueron acertadamente analizadas por Henry Hazlitt en “La economía en una lección”. El autor plantea que priorizar determinados intereses económicos benefician siempre a un determinado grupo en contra del resto.

No existe una única política -de índole no libertaria- de Estado que satisfaga los intereses de todos los actores de la economía ya que los mismos, vuelvo a repetir, difieren entre sí. Siempre y cuando haya un motor que decida en qué dirección conducir habrá un número de personas que intentarán presionar sobre el motor para que tire a favor de sus intereses. Cuánto más amplio sea el espacio de colarse entre las rendijas, mayor será el incentivo de presionar en contraposición de los intereses de los demás.

No es un juego de suma cero, siempre terminan ganando unos en contra de otros. Es lo que no sucede bajo libre competencia ya que los actores deben pensar en los intereses de los demás a la hora de decidir y tomar consciencia de la responsabilidad de sus actos. La otra forma extrema de sistema sería regalarle toda nuestra libertad al Estado, como ocurre en los gobiernos socialistas donde, siempre, prima la corrupción y el egoísmo.

Por otro lado, otra de las consecuencias de abogar interés común es la economía cortoplacista donde los parches priman sobre las proyecciones de crecimiento sostenibles.

Si determinados individuos tienen el poder de decidir sobre los demás, es bastante racional que se coloquen primero el salvavidas cuando el barco se hunda. Si la Argentina no crece hoy, no es más que falta de libertad.

Mi propuesta es sencilla, introspección de uno mismo. Visibilizar el egoísmo, entender y analizar el grado de libertad y responsabilidad de los actores dentro de un contexto social. Pero sobretodo, no malinterpretar los intereses del ego.

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