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China: el mejor alumno

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Economista y negociador internacional. Miembro del Consejo Académico de Libertad y Progreso
mayo 31, 2017 8:43 am by: A+ / A-

CLARÍN – El surgimiento económico de Asia está modificando la política mundial. La hegemonía indiscutida de Occidente, que se inició con la llegada de Cristóbal Colón a América en 1492, está amenazada. El acontecimiento central de las últimas décadas es el vertiginoso crecimiento de China y el fortalecimiento de su Estado Nacional. El PBI chino es en la actualidad similar al de los Estados Unidos, cuando hace veinte años representaba solo el 20%.

Un proyecto económico y geopolítico coherente y de largo aliento le permitió al Partido Comunista modernizar la economía, fortalecer el poder militar y transformar a su país en una gran potencia regional con ambiciones mundiales.

El crecimiento meteórico sacó a cientos de millones de chinos de la pobreza, generó enormes superávit financieros y aumentó el gasto militar a tasas del 15% por año durante las últimas dos décadas.

El proyecto del presidente Xi Jinping consiste en “rejuvenecer la nación china”. En lo domestico, se propone profundizar las reformas económicas, centralizar el poder en el Partido y promover en la población el patriotismo y la identidad nacional.

En lo externo, se propone recapturar los territorios perdidos (fundamentalmente Taiwán y el control de los mares del Sur y Este de China), así como restablecer un lugar de primacía en el escenario mundial.

La ideología que subyace en el ambicioso proyecto internacional del presidente Xi Jinping tiene raíces profundas en la memoria colectiva. Durante varios siglos, China (“el imperio del Medio”), se consideró el centro de la civilización mundial rodeada de una periferia de estados pequeños y menos desarrollados que debían rendirle tributo y aceptar su liderazgo.

La acelerada expansión del gasto militar incrementó la confianza de las autoridades chinas en su propia fuerza respecto a sus vecinos. China está agresivamente reclamando soberanía en mares compartidos. China, una gran importadora marítima de materias primas (petróleo, hierro, cobre), considera el control de los mares del Este y Sur como fundamentales para asegurar su seguridad militar y explotar recursos naturales escasos como el petróleo, el gas natural y la pesca.

En el 2010 comenzó a enviar flotas pesqueras a aguas en el mar del Este controladas por Japón (las Islas Senkaku) para afirmar sus derechos soberanos sobre dicha región. Los incidentes navales y aéreos entre los dos países han sido recurrentes durante los últimos años.

Durante los últimos años construyó 1200 hectáreas de islas artificiales en aguas disputadas en el mar del Sur de China, principalmente en la zona de las Islas Spratley (incluyendo pistas de aterrizaje, puertos y bases de radar) lo que ha suscitado roces y tensiones con los países ribereños (Taiwán, Filipinas, Vietnam, Indonesia y Malasia).

Desde los finales de la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos ejercieron un rol hegemónico en el Océano Pacifico y el sudeste asiático, principalmente a través del control naval de las principales vías de comunicaciones marítimas y de un ramillete de alianzas militares (con Australia, Corea del Sur, Japón y Filipinas).

Dicha preeminencia está amenazada por el fortalecimiento militar de China. La capacidad militar de Occidente de imponer a nivel global sus intereses está declinando. Las causas son varias. Por un lado, el reducido gasto militar por parte de las potencias europeas que han privilegiado durante los últimos veinte años el gasto social sobre el de defensa.

Por otro lado, los Estados Unidos están atrapados en Irak y Afganistán peleando guerras largas, caras y poco populares donde el uso del poder aéreo, los misiles y las fuerzas especiales no bastan para definir el resultado final de las contiendas.

El veloz surgimiento de China y las circunstancias mencionadas crean una atmósfera de profunda desconfianza estratégica entre los Estados Unidos y China que ambas partes tratan, al menos en público, de minimizar para no agravar el problema y no entorpecer la intensa relación comercial y financiera bilateral.

Pero la relación está plagada de desconfianzas que podrían resultar en un conflicto. La llegada de Trump al poder en Washington intensifica las tensiones subyacentes. El desarrollo nuclear y misilístico de Corea del Norte –que es un aliado militar de China- es percibido por la dirigencia norteamericana como una innegable amenaza a su seguridad. Los avances chinos para extender su soberanía económica y territorial en los mares adyacentes ponen en jaque la tradicional preeminencia naval norteamericana en la región.

Del lado chino, la decisión de la administración Trump de reducir el enorme déficit bilateral comercial genera serias resistencias. El Partido también sospecha que Occidente promueve la globalización y la democratización para debilitar su monopolio sobre el poder.

La evolución de la relación entre los Estados Unidos y China será durante los próximos años el principal determinante de la política mundial. La Argentina debe estar alerta.

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