Sábado , 25 marzo 2017

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El proteccionismo nos perjudica a todos

Eliana Scialabba

Licenciada en Economía de la Universidad de Buenos Aires (UBA), con un Posgrado en Economías Latinoamericanas de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), Naciones Unidas. Maestrando en Economía Aplicada de la Pontificia Universidad Católica Argentina (UCA)
febrero 16, 2017 11:52 am A+ / A-

Durante los casi últimos 90 años, Argentina no ha dejado de profundizar el proceso de sustitución de importaciones. Lo supuestos subyacentes bajo esta política no son otros que los de la protección del trabajo nacional y la generación de riqueza en el interior de las fronteras.

Sin embargo, resulta importante analizar este proceso desde varios aspectos, con el fin de comprender si realmente estos supuestos son ciertos o si, por el contrario, nos encontramos en un camino aislacionista, que nos priva del consumo de bienes de calidad y precios asequibles.

A los números…

En primer lugar, es necesario reflexionar sobre cuáles son las fuentes de riqueza nacional, es decir, de donde surgen los recursos para intercambiar con el mundo. En este sentido, la industria manufacturera produce alrededor del 20% del valor agregado de la economía, por lo que resulta difícil pensar en la implosión de todo el sistema productivo nacional por una “avalancha” de importaciones de productos manufacturados.

Desde el punto de vista del productor, se hace evidente que ante los precios establecidos en el mercado interno (que distan mucho de los producidos a nivel internacional, principalmente en materia de electrónicos, indumentaria, etcétera) maximizan el excedente del productor, reduciendo la eficiencia social de estos mercados. En el mismo sentido, desde un punto de vista redistributivo, los agentes de mayores ingresos cuentan con la posibilidad de viajar al exterior, evitan los mercados internas y realizan su gasto de consumo de este tipo de bienes en el extranjero ya que, en algunos casos, se encuentran hasta a la mitad de los precios que se pagan en el mercado interno, lo cual da lugar a fuertes tendencias regresivas en la distribución.

Al problema de la falta de productividad intrínseca de los productores nacionales, se le agrega el peso de la carga tributaria impuesta por el Estado. Al desagregar el precio final del bien, en algunos casos los impuestos constituyen hasta el 50% del total. Así las cosas, resulta notoria la contribución del sector público (y su necesidad de financiamiento de su gigantesca estructura) al problema de la competitividad de los bienes nacionales.

Por otro lado, hay que destacar el problema sistémico del stop and go que sufre nuestra estructura productiva. Es innegable que a esta altura del desarrollo de las economías, existen pocos bienes que no requieran ningún insumo importado en su proceso de fabricación, por lo cual, en un esquema “mercado- internista”, a medida que aumenta la demanda de consumo interno, los productores demandan más insumos importados para producir bienes con los que abastecer al mercado. Lógicamente, luego de algún tiempo, este proceso lleva al estrangulamiento del sector externo, debido a que los bienes de producción nacional requieren divisas que ellos mismos no logran producir (generando una transferencia del campo a la industria), ergo, es necesaria una crisis de consumo interno para equilibrar nuevamente esta situación.

A contramano

Echando una mirada al mundo, es evidente que Argentina va a contramano de la tendencia internacional. Mientras que muchos movimientos nacionalistas argentinos han rechazado intentos de tratados de libre comercio e integración, son ahora países como Estados Unidos, los que se han dado cuenta, cuanto éstos favorecieron a los países más pequeños y menos desarrollados. No obstante, no hace falta mirar más allá de América Latina para notar como los países que han adoptado esquemas más abiertos son hoy los que se encuentran mejor ubicados en la trayectoria del desarrollo de sus economías.

En definitiva, aquel ahorro que surgiría de la compra de bienes más baratos y de mejor calidad podría ser destinado a sectores en los que somos más productivos y que pudieran pagar mayores salarios y ubicarse en la frontera de productividad internacional: al competir a nivel global, se generaría mayor cantidad de divisas y un sector externo más robusto, consumiendo y produciendo bienes y servicios de mejor calidad y tecnología de punta.

Por esto, resulta claro que los supuestos sobre los que hemos operado a lo largo de casi un siglo, deberán ser reevaluados y optar por otros, en que los argentinos seamos más libres al momento de elegir si estamos dispuestos a pagar un alto precio por la ineficiencia o si, por el contrario, exigimos a nuestra industria que compita con el sector externo en pos de mejorar la productividad. En este segundo caso, la economía en su conjunto sería beneficiada.

(*) Escrita junto a Leandro Moro

Publicada en El Economista

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