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La membresía contrataca

Libertad y Progreso

Colaborador de Libertad y Progreso
diciembre 13, 2016 7:55 am by: A+ / A-

Por Pablo M. Leclercq, miembro del Consejo Empresario de LyP

El episodio político de la discusión sobre el impuesto a las ganancias a los trabajadores y su culminación en su votación en diputados, con toda su guarnición simbólica de significados y declaraciones, podría ser un guión para algún director de cine que quisiera expresar en la pantalla el drama argentino del peronismo y la decadencia.

Surge como primera observación del debate la dificultad para distinguir lo central de lo accesorio, como si en un desfiladero resbaladizo un grupo de media docena de conductores, cuya función es la de conducir a los cientos de automovilistas  que los siguen, se pusieran a competir entre ellos y a “sorpasarse” para ver quien llega primero.

Lo central no es discutir si es justo que los trabajadores paguen o no impuesto a las ganancias ni cuántos son los que lo hacen puesto que, en homenaje a la sacrosanta nominalidad y a la tautología, todo el mundo sabe que no lo es. En la jerga de la lucha obrera, salario y ganancias son lo opuestos que van definiendo dialécticamente la batalla por la dominación. Lo central no es esa discusión lingüística sino como se sale de este resbaladizo desfiladero en que quedó la economía argentina, basculando al borde del precipicio, entre el gasto público medido como porcentaje del PBI más alto de la historia argentina; un déficit del 7% del PBI no financiable;  una inflación del 40%, de las más altas del mundo; una de las más fuertes y paralizadoras presiones tributarias de la historia; una depredadora descapitalización de todos los servicios públicos por congelamiento de doce años de tarifas;  una recesión resultante que va entrar en su quinto año; una pobreza del 30 % de la población y; el riesgo de un desplome del empleo. No es necesario destacar lo difícil que resulta resolver el remanido problema de la frazada corta para evitar una tragedia social en esta superposición inestable de planos resbaladizos de semejante patología macroeconómica heredada.

Lo central es como se sale de la crisis, sin el desmesurado daño infligido por la clase política argentina a la sociedad en 2001 cuando, a partir de un momento dado, los protagonistas  entrevieron la oportunidad de repartirse el poder. El resultado fue el descalabro de la mega devaluación y la pesificación asimétrica que terminó en la peor caída de la economía de la historia argentina, haciéndonos perder 20 años con el fracaso de una generación entera, pese a que nueve meses antes el discurso de Lopez Murphy en cadena resonó como la advertencia  de un estadista . Es el día de  hoy que los responsables de ese desaguisado se siguen presentando como los salvadores de lo que rompieron, haciendo gala de habilidades conductivas cuando la soja pasaba de 150 a 450 dólares la tonelada.

Nada hay más riesgoso que la membresía peronista. Es el mecanismo que, apoyado en una interpretación falsa de la historia argentina de los últimos 70 años, permite siempre erigir como salvadores de la catástrofe a aquellos que la produjeron.

El conspicuo peronista Pignanelli, se animó a decir que el actual gobierno era peor que el de los Kirchner a apenas un año de haber sido elegido, como si a alguien sensato pudiera ocurrírsele que esto, en ese lapso, se pudiera arreglar, mientras el gobierno está haciendo equilibrios para evitar el estallido de la crisis por los aires como su principal mérito.

Resulta insólito, al margen de cualquier preanuncio de campaña, que el Frente Renovador, que se presenta como la alternancia republicana al actual gobierno, libre su primera batalla como oposición, en el terreno de una medida que no representa ningún bastión fundamental de la reconstrucción estructural que reclama la sociedad argentina en su guerra contra el populismo de la decadencia, sino que quiera imponerse con una medida demagógica que no mueve el amperímetro de los grandes problemas estructurales de nuestra economía. Como si el gobierno democráticamente elegido hace apenas un año no tuviera el derecho de elegir el que considera el mejor camino, inevitablemente sinuoso, en la difícil tarea del ajuste, guste o no guste la palabra.

Antes de terminar, dos menciones a dos comentarios inteligentes de, el primero con humor oportuno, cuando el diputado salteño Olmedo habló al emitir el único voto en contra de entre 240 a favor al aprobarse la institucionalización de los piqueteros y movimientos sociales con una asignación de 30.000 millones de pesos. ”¿…y si probamos trabajando?” dijo con lacónico humor.

El segundo cuando el economista Nielsen del Frente Renovador hizo mención a la importancia de la tarea árida y de bajo perfil de muy buenos especialistas en presupuestos y se refirió concretamente a Lamberto y a Sarghini del peronismo pero extendió el concepto a un destacado especialista de otro espacio político como Manuel Solanet. Fue todo un símblolo que quiso decir mucho más de lo que dijo; esto es, hay tareas necesarias que no tienen ideología sino aritmética y que deben ser resueltas entre todos los que saben sumar y restar más allá de sus ideologías. En la Argentina hace setenta años que el populismo destruyó a la aritmética.

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