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El problema de las tarifas y la cultura del gratuitismo

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Miembro del Consejo Académico de Libertad y Progreso
agosto 4, 2016 8:32 am by: A+ / A-

Mas allá de ciertas desprolijidades en su implantación, el ineludible e impostergable ajuste de las tarifas de energía ha suscitado un intenso que refleja patrones culturales fuertemente arraigados en la sociedad argentina. Somos un país muy generoso. La educación primaria, secundaria y universitaria es gratis, los hospitales son gratis, los planes son gratis,  el transporte público y el consumo de energía están altamente subsidiados (por lo menos, en la ciudad de Buenos Aires y el conurbano). Además de ser gratis para los argentinos, todos estos bienes y servicios públicos son gratis para cualquier ciudadano del mundo que los quiera aprovechar. En nuestras universidades tenemos miles de estudiantes argentinos que nunca se gradúan pero los que vienen de otros países de América Latina, estudian gratis, se gradúan y luego se van. Los argentinos estamos adictos al gratitismo.

Milton Friedman decía que quienes quieren un servicio gratis, en realidad lo que pretenden es que lo pague alguien que no lo consume. Pero como dijo Friedman los almuerzos gratis no existen. Alguien siempre los termina pagando. Esta es una ley de hierro que los líderes populistas siempre buscan evadir. Lo hacen de una manera muy simple: que paguen quienes no votan o quienes no tienen suficientes votos. Pero a la larga esto también tiene un costo. Porque quienes tienen que pagar la factura del populismo se terminan yendo. Es lo que los economistas llaman fuga de capitales. 

Como dice la sabiduría popular, lo gratis irremediablemente sale caro. Los trenes chocan por falta de mantenimiento, la calidad de la educación es tan baja que los estudiantes secundarios no están preparados para la universidad, los graduados universitarios tampoco están preparados para el mercado de laboral, la falta de inversión hace que se multipliquen los cortes de energía, por la enorme demanda los hospitales no hay camas y la calidad de la atención médica se resiente.

Los argentinos no nos damos cuenta que lo que creíamos que es gratis lo hemos ido pagando en cuotas. Hace cien años éramos uno de los diez países más ricos del mundo, hace cincuenta uno de los treinta más ricos del mundo y hoy estamos peleando la posición 70 en los rankings mundiales de PBI per cápita.  Si no cambiamos, tenemos la decadencia asegurada.

Nuestra pasión por no querer pagar el costo de los bienes públicos que colectivamente consumimos se refleja en un gasto inmanejable, un déficit fiscal persistente y una corrupción rampante. Un principio básico de las finanzas públicas es que cuando hay déficit hay sólo cuatro alternativas posibles: imprimir billetes, emitir deuda, subir los impuestos o bajar el gasto. 

La última alternativa es la única que nuestros gobernantes históricamente se han resistido a implementar. Las otras nos han llevado a la hiperinflación, el default y una presión impositiva insostenible. El drama argentino es que reducir el gasto es la única viable económicamente a largo plazo pero a corto plazo es políticamente inviable. Y esto es así porque el gratitismo está firmemente arraigado en nuestra cultura.

Hace cien años Leopoldo Lugones decía que el gaucho “contenía en potencia al argentino de hoy.” ¿Y cuáles eran los rasgos peculiares del gaucho? Según Lugones, “el extremado amor al hijo; el fondo contradictorio romántico de nuestro carácter; la sensibilidad musical…; la importancia que damos al valor; la jactancia, la inconstancia, la falta de escrúpulos para adquirir, la prodigalidad Pero al mismo tiempo, su particular genealogía –cruza de indígena y conquistador– le había “legado sendos defectos: el ocio y el pesimismo.” El gaucho tenía enorme capacidad de trabajo “en cuanto al vigor físico” pero fallaba “como fenómeno de voluntad no bien producía lo necesario para cubrir las necesidades inmediatas.”

Le debemos a Charles Darwin, el padre de la teoría de la evolución, una de las observaciones sociológicas más agudas sobre la argentinidad. Darwin visitó el país en 1833. Al igual que Lugones destacó –además de algunas virtudes que no vienen al caso– dos defectos: el ocio y la afición al juego. El problema argentino según Darwin eran las vacas y los caballos. 

La experiencia argentina fue única en el mundo. El gaucho, criatura errante de las Pampas, tenía todo a su alcance y con poco esfuerzo, es decir prácticamente gratis. En un llanura casi tan grande como Francia el ganado vacuno y equino traído por los españoles creció y se multiplicó. Según Darwin la abundancia de alimento y de caballos era la enemiga “de cualquier industria”. En aquel entonces en Europa los caballos eran para los nobles (era caro mantenerlos) y el ganado vacuno no deambulaba libre por las llanuras sino que era celosamente protegido por sus dueños. 

En la Argentina en cambio el gaucho sólo necesitaba esforzarse mínimamente para conseguir un pingo. Y con un lazo o un par de boleadoras podía asegurarse una generosa porción de proteína. No creo que haya otro país que haya tenido una experiencia socio-económica similar (quizás Uruguay pero en mucho menor escala). La experiencia que dejó una impronta imborrable que fue asimilada rápidamente por los hijos de los inmigrantes.

Lamentablemente con la mentalidad del gratitismo y el mínimo esfuerzo el país es económicamente inviable. Cuanto antes nos demos cuenta que los almuerzos gratis no existen, mejor chances para el progreso tendrán nuestros hijos y nietos.

Mientras tanto, hay que resolver el tema de cómo ajustar las tarifas. Una solución inteligente que propone Agustín Etchebarne de Fundación Libertad y Progreso es, en vez de establecer tarifas sociales para consumidores de menores ingresos, compensarlos directamente con efectivo en su cuenta bancaria. De esta manera se crearán incentivos para reducir el consumo de energía. Quizás sea una idea demasiado revolucionaria para la Argentina.

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