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Estigma hacia la institucionalidad

María José Romano Boscarino

Licenciada en Economía (Universidad Nacional de Tucumán) Maestrando en Políticas Publicas (Universidad Torcuato Di Tella)
abril 17, 2015 10:10 am by: A+ / A-

Según el «Índice de Calidad Institucional» elaborado por la Fundación Libertad y Progreso, Argentina ocupaba en el año 2014, el puesto 134 entre 192 países del mundo, ubicándose además entre los 6 últimos lugares de América Latina. Esto significaba una caída de nada menos que 41 puestos desde el año 2007, evidenciando un profundo y rápido deterioro.

A pesar de que nuestro país no ha llegado a los niveles alarmantes de Cuba o Venezuela, que se encuentran entre los diez peor posicionados del mundo, claramente hemos demostrado ser parte del drama que padece la región. Aquél que se debe básicamente, a la utilización del tan conocido estilo populista como forma de ejercer el poder, disfrazando la existencia de gobiernos en definitiva totalitarios,  por medio de la degeneración de la democracia y la anulación de la república.

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Desde el año 2003 en adelante, en Argentina esta modalidad ha ido intensificándose asentándose en dos pilares fundamentales. Por un lado, el relato y por otro el accionar propiamente dicho. En cuanto al primero, bajo la utilización de la demagogia, la victimización y la mentira de manera sistemática y en segundo lugar, por medio del arrebato, la ruptura del orden en manos de la alteración y desnaturalización de las normas, claves para la coordinación y guía de la conducta de los individuos en una sociedad.

En este sentido, el gobierno ha demostrado sentirse incómodo con los mandatos de la Constitución Nacional. Y esto se ha visto reflejado en una serie de innumerables sucesos que dan cuenta de la concentración excesiva de facultades en manos del Poder Ejecutivo, la debilidad del Poder Legislativo cercado por el oficialismo obediente e irresponsable y una Justicia que aún lejos está de determinar límites claros a las transgresiones civiles que sufrimos.

En relación a ello, algunos de los ejemplos más contundentes de los atropellos engendrados y propiciados por el gobierno kirchnerista fueron: la utilización desmesurada de Superpoderes y Decretos de Necesidad y Urgencia sin un fundamento real de emergencia económica que lo convalide, la destrucción del INDEC, el avance sobre los medios de comunicación por medio de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, la modificación de la carta orgánica del Banco Central, la implementación del cepo cambiario, las expropiaciones llevadas adelante, el intento de democratización de la Justicia, la reinstalación de la vieja Ley de Abastecimiento, la modificación de los Códigos Civil y Comercial, la intervención en la causa del fallecido fiscal Nisman.

Todos ellos, han significado un atentado contra la esencia, el espíritu y el propio texto de la Constitución, que determina el respeto irrestricto por los derechos del individuo, que enarbola las banderas de la  división de poderes y los controles a través de la República, que sienta las bases de un país que debiera así lograr el progreso a través de la libertad.

Luego de 12 años de gobierno, los Kirchner han demostrado lo que son capaces de hacer: condenarnos al cruel subdesarrollo a través de la destrucción de nuestras instituciones, avasallando nuestros derechos y libertades, por medio del abuso del poder y a costa de nuestro presente y de nuestro futuro.
Los ciudadanos argentinos debiéramos advertir a esta altura, habiendo tocado fondo nuevamente, las consecuencias profundamente negativas producto de nuestra propia negligencia, al convalidar la existencia de este tipo de gobiernos con nuestras decisiones. Debiéramos reflexionar, apelar a la razón y animarnos a romper este círculo vicioso del que nos hemos vuelto esclavos. Necesitamos más república y menos populismo.

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