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La «izquierda buena» se despega de los K

Francisco Ocampo

Colaborador de Libertad y Progreso
abril 15, 2015 2:54 pm by: A+ / A-
Esta nota surge a raíz de la editorial de La Nación del domingo 12 de Abril titulada «Inclusión, sumisión y corrupción» .
 

A priori parece una sagaz crítica hacia los que se dicen de izquierda pero en realidad son una manga de chantas sin moral que se afanan todo (en esto último estamos de acuerdo), pero una lectura un poco más profunda -a mi entender- revela una injusta defensa a la izquierda. Es la aceptación de un prejuicio muy difundido pero totalmente infundado e inaceptable: que la izquierda es moralmente buena y -si escarbás un poquito más- el capitalismo es moralmente malo. O si creen que exagero, tomemos que sólo sugiere la idea de que la izquierda tiene principios morales muy valiosos, que son necesarios para combatir la amoralidad del capitalismo.

Resumiendo, la nota postula que la izquierda ha evolucionado desde los tiempos de Robespierre(*) hasta hoy, pasando por Marx, el Che y otros tantos, cometiendo siempre los mismos errores pero manteniendo un patrón común: ciertos valores de solidaridad, inclusión y el combate a la pobreza. Ya se dieron cuenta de que la única forma de generar la riqueza que el mundo necesita para subsistir es el capitalismo, pero quieren que éste sea inclusivo. Aborrecen a los conservadores pragmáticos, materialistas, corruptos y, aunque no son tan eficientes como aquellos, bien vale la gesta altruista para cambiar la naturaleza humana (el hombre nuevo).

Ahí hace como un pase de magia y en una inferencia totalmente antojadiza señala que esa diferencia ética (de la izquierda) implica los valores de transparencia, gobierno controlado, rendición de cuentas, división de poderes, etc. Luego da algunos ejemplos diferenciándolos de los delincuentes que hoy nos gobiernan: El Che como presidente del Banco Central de Cuba no tenía la impresora de Boudou, a Allende no le encontraron una bolsa con guita en su despacho. El cura tercermundista, Camilo Torres nació rico y murió pobre luchando por sus ideales (a diferencia de Néstor), al igual que el padre Mugica, quien se inmoló por los pobres en lugar de hacer negociados con la villa 31. Pepe Mujica no conoce Seychelles y Juana Azurduy, también de rica a pobre, nunca tuvo una cadena de hoteles.

Concluye diciendo que las medidas populistas del gobierno (dádivas, feriados, cortoplacismo, Fútbol para Todos, clientelismo) son de derecha y que la calidad institucional y la inversión en educación son de izquierda; que la corrupción es la antítesis de la solidaridad.

Arranco por el final: La antítesis de la solidaridad es la coerción, no la corrupción, es el uso de la fuerza. Sólo puedo ser generoso si tengo la opción de ser mezquino. Ahí radica el primero de los errores fundamentales del argumento de «la izquierda buena». Como decía Milton Friedman, no se puede hacer el bien con el dinero de los demás. Está muy bien que pregonen la benevolencia, pero ésta sólo puede ejercerse en libertad. ¿Cuál es el valor moral de «incluir» a punta de pistola? De eso se trata la redistribución. Si la justicia es dar a cada uno lo suyo, éste es el sistema más injusto posible: le sacan a quien legítimamente ha obtenido riqueza para darlo a quien no ha hecho nada por lograrlo. Esto, además de ser un robo, genera pobreza no sólo por las razones mencionadas en el artículo (lo de someter dando el pescado en lugar de enseñar a pescar) sino porque destruye los incentivos a la creación de riqueza, que es lo que se necesita para superar la pobreza. Por esto no es intrascendente el «no somos eficientes pero somos honrados». La ineficiencia genera derroche de capital, y esto se traduce en menos bienes y servicios disponibles para la población. Meterle un impuesto del 80% a los Rolling Stones deja sin trabajo a los que montan el escenario, los mozos del catering, y los que limpian el estadio, por poner sólo algún ejemplo. Agreguemos a eso el costo de manejar esa redistribución: el recaudador, el controlador, el legislador, el asesor, el repartidor… todos se llevan su parte en este proceso. Tomemos en cuenta también que al no regirse el estado por las reglas del mercado -esto es, el sistema de precios, ganancias y pérdidas- opera a ciegas; o dicho de otra manera, asigna los siempre escasos recursos productivos en función de lo que cree algún funcionario que es más conveniente para «la gente» y no en función de lo que, efectivamente, son las preferencias de las personas (como sí ocurre en un sistema libre). Los precios son las señales que muestran las valoraciones cambiantes de los consumidores y permiten orientar la producción. El sistema de ganancias y pérdidas genera las alertas necesarias para que la asignación se haga de manera eficiente. El estado no tiene cómo saber si conviene hacer un edificio de oro o de durlock, no tiene cómo medir si lo que está invirtiendo en energía es mucho o poco. Sus gastos se miden en términos de beneficios secundarios (más o menos votos, más o menos poder, más o menos contraprestaciones de actores involucrados, etc), no necesariamente porque sean corruptos.

Tampoco quiero pasar por alto la supuesta superioridad ética de la izquierda. Por lo pronto, en esa lista de baluartes de la moral hay unos cuantos asesinos. Me tiene sin cuidado la condición patrimonial al nacer o al morir. ¿Que no usaron el poder del estado para enriquecerse? Diría que no a la manera de los Kirchner, pero sí atropellaron derechos humanos para satisfacer intereses personales (hayan sido éstos lavar sus conciencias, aplacar sus instintos o salvar a la humanidad). Lo importante son los hechos; las acciones y sus consecuencias, no las intenciones. ¿Quién puede afirmar que Hitler o Stalin no actuaron de buena fe? Pero en el camino a sus metas altruistas se cargaron millones de vidas. Lo relevante del Che no es que era un aventurero, es que fusilaba a todo aquel a quien considerara contrario a la revolución. Probablemente haya  hecho más daño el padre Mugica que los chorros del Banco Río.

Las instituciones republicanas (poder limitado, imperio de la ley, controles y balances, sistema representativo federal), se fundan en el respeto a la libertad. Alberdi y los Padres Fundadores de los Estados Unidos no eran la “izquierda moderna”. Fueron personas que entendieron perfectamente aquello que tan bien definió Lord Acton: “el poder corrompe, el poder absoluto corrompe absolutamente”. Comprendieron que para que la democracia no se transformara en dos lobos y un cordero decidiendo qué almorzar (Benjamin Franklin) hacía falta un sistema republicano que mantuviera a raya a los gobiernos a fin de proteger a las minorías del abuso de las mayorías.

La nota plantea que el problema es la inmoralidad de los gobernantes (“que son de izquierda de la boca para afuera”, le faltó agregar). Ya pasaron más de 200 años de la Revolución Francesa. Se le dice izquierda o derecha a cualquier cosa. En todo caso, preferiría a esta altura –y sobre todo en la Argentina actual- plantear la discusión entre populismo o república, entre respeto a la libertad o abuso de la fuerza, entre igualdad ante la ley o igualdad mediante la ley. Tales planteos, lamentablemente hoy sólo se dan en ciertos ámbitos académicos, en algunos centros de investigación de políticas públicas y (lloro) están prácticamente desaparecidos del debate político.

Concluyo: prefiero que gobiernen Hugo Moyano o Ricardo Fort teniendo un sistema libre y republicano, antes que una socialdemocracia con afán redistributivo, así sea que la maneje el Papa Francisco.

(*)Antes de hacerse del poder y las guillotinas durante el llamado «Reino del Terror», Robespierre había sido un ferviente opositor a la pena de muerte.

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