INSTITUTO ACTON ARGENTINA.- La fascinación por los Legos durante mi niñez hacía presagiar a mis padres que tal vez terminaría siendo ingeniero. Mi derrotero vital fue por otro lado aunque mi afecto por los Legos permanece intacto. Recuerdo que cuando abandonaba la infancia viví una especie de despedida, los guardé de un modo más cuidadoso que de costumbre, me cercioré de que estuvieran todas las piezas en su sitio, reforcé con cinta Scotch los costados de cada una de las cajas, guardé las cajas más pequeñas en una caja de madera que me había regalado mi papá y supe que aquello iba para largo. Para hacer menos dolorosa la despedida recuerdo que me dije que los recuperaría cuando fuera padre, como Ati. ¡Mis hijos jugarían a los Legos, sí señor! En este caso, el derrotero vital sigue por otro lado aunque debo confesar que todavía suelo echar una mirada a las jugueterías que exhiben esos simpáticos y onerosos juguetes.

Cuando era niño evidentemente entendía muy pocas cosas, pero recuerdo que mi opción entre los Rastis y los Legos había sido instantánea, algo casi connatural. Como si supiera algo de un mundo no lúdico, recuerdo que adoptaba un tono solemne cuando decía a mis padres “los Legos no parecen juguetes”. Un niño maduro sólo podía jugar con juguetes maduros. Ellos sonreían. Conocía de nombre otros juguetes parecidos, los Rastis o Mis Ladrillos. No sabía entonces que los Rastis eran industria nacional y que los Legos eran importados. Sólo sabía que para que cayera un Lego a mis manos debía esperar varios meses entre una compra y otra, además el año no debería haber presentado gastos imprevistos. Con todos esos requisitos cubiertos, finalmente, cabía confiar en que con el aguinaldo (la paga extra de fin de año en Argentina) se pudiera comprar una nueva cajita. Recuerdo particularmente aquel fin de año en que papá sacó de su pequeño portadocumentos de cuero la caja del LL 918, una pequeña nave espacial, que junto con el castillo Lego habían ocupado mi vigilia y ¡mis sueños! Las cajas traían el logo de la marca en rojo y dentro, las instrucciones, solían tener una bandera roja similar al logo de la marca. Investigué (pregunté a mi papá) y pude averiguar que la bandera era de un país llamado Dinamarca, sabía que era un país cerca de donde había nacido Ati, mi papá, aunque yo pensaba que los Legos eran alemanes, porque mi papá decía que los alemanes eran muy buenos en muchas cosas y porque era uno de los idiomas en los que venían las instrucciones en las cajitas, además del español, el inglés y ese otro que no lograba reconocer.
Intento recordar qué es lo que tenían los Legos para que me gustaran tanto, en especial por comparación con los Rastis. Recuerdo que varias veces mi mamá intentó mostrarme las bondades de los Rastis, incluso me regaló alguno, pero aquello era insostenible. Los Rastis no me gustaban, no eran como los Legos. Por suerte me sentía más comprendido por mi papá (él sí que tenía gustos europeos, pensaba yo) quien era el que siempre se las ingeniaba para que llegara a casa alguna cajita nueva de Lego (no sin el beneplácito de mamá, obviamente). Las líneas de los Legos eran muy definidas y sus piezas ofrecían muchos detalles, el manual de instrucciones –aunque no entendiera el idioma– era muy claro, las piezas encajaban a la perfección y si uno era cuidadoso el juguete podía durar largos años (recuerdo las arduas tareas de búsqueda a las que sometía a toda mi familia cuando alguna pieza –siempre de las más pequeñas– no aparecía. Mi mamá y su temible aspiradora eran quienes primero sufrían mis miradas acusadoras).
La comparación entre los Legos y los Rastis vino a mi mente al escuchar a Peter Boettke, quien comentaba sobre una distinción similar a la que apela para explicar didácticamente el concepto de heterogeneidad del capital. Pocas palabras generan tanta controversia e incomprensión como el capital. Por un lado, en la opinión pública ha calado con fuerza la noción marxista de capital, como si este fuera el medio o la excusa argumental mediante la cual los poderosos oprimen a los ricos. Por otra parte, en la corriente principal de la economía se ha impuesto –principalmente a efectos de la elaboración de modelos matemáticos (la K de las fórmulas)–, una noción meramente operativa de capital, que casi ha terminado por empobrecer y esclerotizar completamente este concepto. Las concepciones uniformes, indefinidas y homogéneas del capital hacen un flaco favor a su verdadera realidad. Lamentablemente, los agudos trabajos de Menger (1888), Hayek (1941), Lachmann (1956) o Kirzner (1966) sobre el capital no han gozado de la difusión que merecerían. Como acertadamente sostiene Rallo, el capital, junto con el interés y el dinero, son los tres ámbitos en los que se concentran las mayores incomprensiones en la teoría macroeconómica contemporánea.
La diferencia entre los Legos y los Rastis sirve para ilustrar el contraste entre la noción de capital concebido como algo homogéneo (propio de la economía mainstream) y su concepción heterogénea (escuela austriaca). En efecto, aunque a efectos de agrupar los activos bajo una unidad común a fin de determinar su valor en términos monetarios pueda tolerarse cierta homogeneización del capital, la materialización física de los bienes de capital siempre es algo heterogéneo. Armar un juguete de Lego exige ir paso a paso, siguiendo cuidadosamente las indicaciones que ofrecen las instrucciones. Las piezas, aunque parecidas, son muy particulares y cada una debe ocupar su lugar específico. Por el contrario, el abanico de piezas distintas de los Rastis es más limitado y la posibilidad de intercambiar piezas suele ser mayor. Además, al no ser las piezas muy definidas, el acabado final de la nave o vehículo que se intenta armar no suele ser muy armónico. Seguir las instrucciones no suele ser tan necesario ya que la sencillez de las piezas da pie a un armado más intuitivo. Como contrapartida, el producto final –la nave o el vehículo– no ofrece grandes detalles y basta con cambiar algunas piezas para tener una nave o vehículo algo distinto. Si al armar un Lego se coloca una pieza en un sitio incorrecto es necesario volver atrás, es decir, desarmar buena parte de lo que se armó, consultar las instrucciones con mayor atención y volver a empezar. En los Rastis, por el contrario, la mayor maleabilidad de las piezas permite que este proceso no sea tan cerrado y exigente; reubicar y rehacer sobre la marcha suele ser más frecuente.
La estructura de los bienes de capital en una economía de mercado y capital se asemeja más a lo que ocurre cuando se juega a armar Legos que a lo que sucede cuando se juega a los Rastis. En efecto, cuando el capital está mal asignado, el proceso de corrección no es algo fácil e instantáneo sino que se requiere un largo proceso de reconfiguración y readaptación del proceso productivo que se dilata en el tiempo y que no se hace sin costes. La asignación de capital no es algo que pueda hacerse sobre distintos procesos productivos de modo indiferenciado. Imaginemos, por ejemplo, una política de subsidios que pretendiera impulsar la producción de cerveza sin alcohol y alentar también el consumo de bebidas sin alcohol. Cabe suponer que esto supondría un aumento tanto en la oferta producida como en la demanda. Ahora bien, a no ser que la demanda se hiciera sostenible en el tiempo por cualquier otro motivo que no fuera por la distorsión de costos (abaratamiento irreal) generada por las subvenciones y subsidios, es de suponer que una vez que se eliminaran estos, los niveles de consumo y producción disminuiría considerablemente. Esto haría que la sobreinstalación y exceso de capital asignado a la elaboración y fabricación de cerveza sin alcohol debiera corregirse. En efecto, las fábricas y los bienes de capital –incluso el capital humano– asignados a un proceso de producción específico (elaboración de cerveza sin alcohol) no son fácilmente transformables y su integración en otros procesos productivos requiere una reconversión que suele dilatarse en el tiempo. Esta transformación a menudo suele ser ardua y traumática. Cuando al jugar a los Legos se ubican algunas piezas de modo incorrecto, se debe deshacer el error, retroceder los pasos que sean necesarios y volver empezar. Si la “utilidad” del juego viene dada por la gratificación que genera el entretenimiento, el momento del paso atrás suele ser percibido como algo aburrido y tedioso. En efecto, mientras se corrige el error si bien hay actividad lúdica en sentido genérico, la gratificación del juego en cuanto tal está todavía ausente. La verdadera sensación de diversión reaparece cuando se vuelve a avanzar en la construcción del vehículo o nave en cuestión. Siguiendo con la comparación, se puede decir que en la economía real durante el tiempo que exige el proceso de reconversión de las estructuras de capital, si bien hay actividad económica, no se produce genuina riqueza ya que en rigor no está habiendo verdadera producción.
Se puede imaginar también que uno decide jugar a los Legos sin prestar atención al folleto de instrucciones (algo parecido a lo que en signalling economics sería la no consideración de las señales y advertencias informativas pertinentes que rodean el contexto de la praxis), en este caso evidentemente la probabilidad de cometer errores será mayor. En efecto, cuando se arma un Lego, los errores se pagan, tal y como sucede en la economía real. En efecto, si se asume que los bienes de capital no son una masa informe y fácilmente maleable sino que por el contrario supone la existencia de bienes y procesos muy específicos, y altamente diferenciados (heterogeneidad de los bienes de capital), se puede afirmar –tal y como sostiene el adagio medieval– que un pequeño error al principio será un gran error al final (parvus error in principio magnus est in fine).
En síntesis, es posible encontrar en las características de los Legos varias de las propiedades que señala Lachmann respecto de los bienes de capital, su heterogeneidad, su especificidad, la complementariedad, y, finalmente, su limitada convertibilidad y divisibilidad.
El capital es uno de los elementos más difíciles de conceptualizar y, como han demostrado varios autores en estos últimos años –se puede mencionar, por ejemplo, a Hernando de Soto–, su existencia no puede aislarse completamente del marco jurídico, del respeto al imperio de la ley y los contratos, el derecho de propiedad, los límites al poder y, mucho menos, del juego de incentivos que articula la interacción de los hombres en sociedad. En efecto, “el capital no es un factor de producción de una naturaleza peculiar (“conjunto de bienes producidos”) que tiene unas facultades tecnológicas especiales (“sirven para producir”) sin que importe cuáles sean las relaciones jurídicas de propiedad que sobre los mismos existan. Sin propiedad privada, sin mercados y precios, sin división del trabajo y sin empresas, sencillamente no hay capital. Quizás habrá otras cosas: máquinas, edificios, tecnología, obreros. Pero no el alma que hace que todo eso funcione. Los soviéticos –que creían que el capitalismo era un conjunto de instituciones concebidas para la explotación de los asalariados– estuvieron décadas y décadas acumulando bienes de bienes de equipo a costa de infringir graves privaciones a la población para finalmente descubrir su incapacidad absoluta para generar algo de valor para la gente. Falsas teorías, penosos resultados” y dramáticas consecuencias.














Estimado Editor de Libertad y Progreso:
No aparece debajo del titulo el autor solamente el nombre de Instituto Acton Argentina; les solicito si pueden completar la información.
Saludos.
José María Marquina
Estimado José,
Ya agregamos el nombre del autor, Mario Silar. Muchas gracias por tu comentario!
Saludos,
Libertad y Progreso
Uno de los mejores artículos publicado sobre este tema últimamente………………….