Una de las cosas que más disfruto en la vida, que más me enriquecen, más me nutren y me hacen crecer, es tener una conversación amigable con una persona abierta e interesante, y particularmente lo disfruto cuando es alguien muy distinto, ya sea por su origen, por su edad, por creencias, pensamientos… o por su forma de ver la vida.
Cada persona es un mundo, tiene su historia, su heridas y sus alegrías; y estoy convencido que de todos se puede aprender algo y a todos se les puede dejar algo.

A lo largo de mi vida, tuve el privilegio de tener muchas de estas conversaciones. Recuerdo particularmente una larga charla que tuve con un abuelo chileno, que era un ferviente socialista y ateo, amante del tango; que con un corazón abierto charlaba con un joven liberal argentino y creyente, sin ánimo de convencernos, sino de confesar nuestras dudas y disfrutar de intentar entender al otro, sin dejar nuestras convicciones, pero viendo al otro como una personas valiosa e inteligente. Con humildad uno puede ponerse en los pies del otro, entenderlo, y escuchar sus historias.
Otra conversación memorable fue cuando estaba estudiando en Suecia y un estudiante de Ingeniería de la India me invitó a comer arroz con curry, para poder conversar porque quería entender la fe cristiana. Pasamos horas charlando de cómo veíamos la vida, de nuestras culturas, familias, de las cosas que disfrutamos y las que no; de qué cosas éramos consistentes y cuáles decíamos de la boca para afuera y no cumplíamos en la práctica.
En un viaje por Marruecos, entré a una Mesquita. Un musulmán se me acerco en forma desafiante y me dijo que no era un lugar para turistas, pero al decirle que realmente quería saber como vivían su fe, nos pusimos a conversar. Abrimos el Corán, abrimos la Biblia y pasamos 4 horas intercambiando no solo sobre religión, sino cómo esa fe se hacía carne en nuestras vidas. Los dos, con amor, tratamos de mostrarle al otro porque creíamos que era Dios se revelaba de tal manera. Ninguno consiguió convencer al otro, pero los dos crecimos en esa rica charla. Yo me llevé un Corán, él se quedó con la Biblia, y los dos nos fuimos entendiendo un poco más.
Tuve el privilegio de vivir varios meses en Sudáfrica, donde tuve interminables conversaciones con jóvenes Xhosa. Me costó entender por qué muchos de ellos se metían en peleas sin sentido con otras pandillas o se acostaban con chicas que conocían en una noche, sin preservativo, en un barrio donde 25% de los jóvenes tiene sida. Me costó entender las raíces de su dolor, o cómo los estragos del Apartheid que ya había terminado hacía 14 años, seguía teniendo influencia por la forma en que los trataron degradándolos como personas. Aprendí que para mis amigos africanos el tiempo es más relativo, pero la familia es sumamente importante, incluso lo que ellos llaman la familia extendida, que incluye parientes lejanos. Vi como los que tenían muy pocos recursos, eran hospitalarios y te invitaban una tasa de té “rooibus tea”, un té más amargo que toman en esas tierras. También cómo compartían comida con algún vecino, cuando éste llegaba sin avisar a altas horas de la noche, por más que no esté calculado e implicaba platos menos llenos para el resto.
Disfruto tremendamente hablar con gente de distintas partes del mundo, de un Ucraniano que me cuenta de sus historia, de una palestina que me cuenta de sus luchas en el día a día, de una mujer del Tibet que trabaja en el gobierno, en el exilio, o de una libanesa descendiente de armenios que me contaba de los genocidios del año 1915.
En ese sentido disfruto tanto de vivir en Argentina, un país rico en su diversidad, con gente con descendientes de distintos orígenes, donde confluyen historias familiares, étnicas, religiosas e incluso de ideas. También diverso en su presente, por las distintas características regionales, culturales, que encontramos en este vasto territorio. Incluso en mi ciudad, San Isidro, encuentro una gran diversidad, y no podría enumerar la cantidad de conversaciones interesantes que tuve con personas muy distintas, como un comerciante de Villa Adelina que es descendiente de italianos, que a pesar de estar en el país hace 50 años mantiene su tonada italiana, o una señora conservadora del centro de San Isidro, o un joven de los barrios más humildes, que vive otra realidad. Cada persona es única y tiene algo que aportar.
El gran desafío, es aprender a valorar las diferencias, respetar e incluso querer al que ve el mundo de manera distinta o con quien disentimos. Tener la humildad de aprender del otro, sin dejar de mantener nuestras convicciones. La diversidad es indispensable para la evolución puesto que enriquece a la sociedad y a cada uno de nosotros.
Al reconocer que cada persona es valiosa, única y especial, pero al mismo tiempo tan distinta el resto, es por eso que quiero vivir en una sociedad abierta, respetuosa y libre. Los funcionarios de turno no pueden saber que es mejor para cada persona o cuales son sus preferencias; por lo tanto no deberían regular cada aspecto de nuestras vidas, ni dirigir si podemos viajar o no, comprar una moneda o no, definir que productos y donde podemos adquirir, ni discriminar a las personas por el país adonde nacieron. En un mundo adonde se achican las distancias, más interconectado, la libertad genera oportunidades para disfrutar de la diversidad.














Muy cierto! Buen artículo, Muchas Gracias.
Muy bueno!!!
I believe this internet site has some rattling fantastic info for everyone. “There is nothing so disagreeable, that a patient mind cannot find some solace for it.” by Lucius Annaeus Seneca. tiffany silver earrings jewelry single http://www.bestott.com/forum.php?mod=viewthread&tid=20115