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Primavera inestable en el mundo árabe

Domingo, 25 de marzo de 2012
Por Felipe de la Balze, miembro del Consejo Académico de LyP

 

Un conjunto de desafíos y sombras tejen un proceso de transición clave para la paz regional y el acceso al petróleo

[E]l mundo árabe vivió durante los últimos meses un shock político sorpresivo y de gran magnitud. De país en país, ciudadanos se volcaron a las calles pidiendo tanto el fin de regímenes autoritarios y corruptos, como una mayor participación en el sistema político.

Los acontecimientos se iniciaron en Túnez. Allí, tumbaron al gobierno del presidente Ben Ali y más tarde produjeron la caída de tiranos y cambios de régimen en Egipto (Hosni Mubarak), Libia (Muammar Gaddafi) y Yemen (Ali Abdullah Saleh).

El detonante fue la inmolación de un joven vendedor callejero en Túnez en protesta contra la arrogancia y corrupción de su gobierno. Pero, detrás de los acontecimientos, hubo cambios profundos que abrieron el camino para las revueltas populares .

Los gobiernos autócratas de la región fundaban su poder en el apoyo que les brindaban sus fuerzas armadas, los sectores empresarios con los que compartían negocios, una mayoría de las clases medias y sectores populares dependientes del empleo público y/o subsidios estatales. Se presentaban como los únicos que podían poner coto al crecimiento del fundamentalismo islámico.

Los gobiernos occidentales cerraban los ojos al despotismo porque los regímenes aseguraban la estabilidad , el flujo de petróleo y otros negocios, a la vez que limitaban su accionar en contra de Israel.

Dichas circunstancias se modificaron en los últimos diez años. El progreso económico y la revolución en las comunicaciones generaron profundos cambios en las expectativas de la población. Con el tiempo,surgió un creciente malestar entre la clase media a causa de la corrupción y los abusos de la dirigencia , y una difusa y progresiva frustración popular por la naturaleza de los regímenes.

Asimismo, el apoyo de los Estados Unidos y las demás potencias occidentales a los gobiernos autocráticos se debilitó después de los atentados del 11/9/2001. En los centros de poder occidentales se comenzó a pensar que el terrorismo islámico encontraba un terreno fértil para su propagación en sociedades autoritarias y que, quizás, una apertura política contribuiría a minimizar las amenazas futuras. De la mano de la euforia inicial, algunos observadores imaginaron la llamada “Primavera árabe” como una esperanzadoratercera ola democrática (después de las que ocurrieron en América Latina en la década de 1980 y en el Este de Europa durante la década de 1990) . En la realidad, las consecuencias son menos auspiciosas.

Cairo no es Praga . La posibilidad de que en el mediano plazo se instalen en dichos países democracias genuinas parece bien remota, con la excepción quizás de Túnez y de algunos progresos en dirección a crear una monarquía constitucional en Jordania. Mismo en Túnez, el país más occidentalizado y moderno de Africa del Norte, el partido islamista Ennahda sacó el 43% de los votos en las últimas elecciones y su líder Rachid al-Ghannouchi es considerado por algunos observadores como extremista.

El futuro de Egipto es preocupante. Por su importancia cultural en la región y su gran población (84 millones), lo que ahí ocurra tendrá un impacto trascendente sobre el resto. Las condiciones económicas se deterioraron fuertemente durante los últimos meses. Las fuerzas armadas no parecen dispuestas a reducir la preeminencia que tuvieron en el pasado e intentan por todos los medios condicionar el funcionamiento del futuro régimen constitucional. En las elecciones parlamentarias, los partidos islamistas (la Hermandad Musulmana y el partido extremista Salafista) que proponen la primacía de la Sharía (ley religiosa) sacaron casi dos tercios de los votos y relegaron a los partidos más moderados laicos o liberales a menos del 30%.

En Libia, la caída del siniestro Gaddafi produjo un desmoronamiento casi total del aparato estatal, lo que amenaza el proceso de transición política. El país está repleto de armas distribuidas entre 140 tribus con un gobierno central extremadamente débil.

Los conflictos tribales y las venganzas personales y políticas no dan tregua . Hace pocos días, el Este petrolero (Cirenaica) proclamó su autogobierno.

Siria está en plena convulsión. El gobierno de Bashar al-Assad, amenazado por un amplio movimiento de protesta, reprimió violentamente a sus críticos. Esto generó una militarización de la oposición y transformó el conflicto en una violenta guerra civil en la queya se cuentan más de 7.000 muertos .

Las presiones ciudadanas también se han hecho sentir en Bahrein, donde una intervención militar Saudita y una fuerte represión salvaron al rey sunita (Hamad al-Khalifa) de la rebelión iniciada por la mayoría chiíta de sus gobernados, que reclamaban por una mayor participación en un sistema político que los excluye. Las divisiones sectarias se agravan, lo cual producirá en el futuro una inevitable confrontación.

¿Cómo será el futuro? ¿Podrá la democracia florecer en sociedades que fueron dominadas desde siempre por gobiernos opresivos? ¿Se respetarán los derechos de las numerosas minorías étnicas y religiosas que existen en todos los países de la región? ¿ O habrá persecuciones y guerra civil en sociedades profundamente fragmentadas como ya ocurrió en el Líbano, desde 1976, o en Irak, durante los últimos años? ¿Serán los nuevos dirigentes democráticos una mayor amenaza a la paz regional que los antiguos régimenes autoritarios, como ocurrió en Irán con la llegada al poder de los ayatolas a través de elecciones populares ? Por primera vez en su historia, los países árabes están experimentando con la democracia.

Los tiempos que se avecinan en Medio Oriente serán confusos y turbulentos . Probablemente, los primeros gobiernos estén teñidos de corrupción, nepotismo y conflictos inter-comunitarios y no siempre apoyen las iniciativas de los países occidentales.

La mutación de sistemas autocráticos en democracias plenas (donde prevalezca la tolerancia y el respeto por la Ley) tomará mucho tiempo y esfuerzo. El camino, con suerte, se hará al andar.

*Publicado en Clarín, Buenos Aires.
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