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martes , 21 mayo 2019

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LIBERTAD CON OLOR A PELIGRO

 

Los olores y los sabores son dos percepciones que no se pueden explicar. La descripción sobre ellas siempre es insuficiente. Nadie puede imaginar un olor que no haya olfateado anteriormente como nadie puede gozar de un sabor leyendo un libro de cocina. Hay experiencias vivenciales que no se pueden adquirir si no se han vivido. Una de ellas es la falta de libertad. Hay muchas categorías de falta de libertad. Mencionaré cuatro arbitrariamente: la libertad de actuar, la libertad de decir, la libertad de pensar y la libertad de existir. Los empresarios saben lo que es la primera, los periodistas lo que es la segunda, los sometidos a cualquier despotismo la tercera, los judíos la cuarta.

Esa secuencia elegida no es del todo arbitraria. Es la secuencia cronológica en la que habitualmente la faltade libertadse hace presente en las sociedades. Al principio es imperceptible para los que no son los afectados directos. La libertad de actuar se evidencia con mayor frecuencia y opacidad en la economía y el comercio; la libertad de comprar y de vender divisas, por ejemplo, o de importar o exportar carne o papel de diarios.

La segunda libertad, la de decir; más grave que la anterior, es la clásica libertad de prensa, tan o más importante que la división de poderes del Estado. Sin libertad de prensa no hay democracia. Es la última instancia de control de los controladores dentro del Estado, incluyendo al Congreso y a la Justicia.

La tercera y la cuarta no es necesario explicarlas. No podemos ni siquiera referirnos a ellas sin estremecernos. Cuando se llega a ellas ya es demasiado tarde. Es el totalitarismo. El naufragio de la sociedad civil.

Todas estas faltas de libertadtienen un sello, un solo causante posible: El Estado. Otras faltas de libertad, que también existen en las sociedades, pueden ser causadas por los efectos de dominación entre distintos sectores, donde los más fuertes se imponen a los más débiles. Allí es donde nace la necesidad del Estado para arbitrar en los casos de abuso. Pero también es aquí cuando es el Estado el que inexorablemente se transforma en el mayor riesgo de la pérdida de libertadsi no se tiene muy en claro cuáles son sus límites y no se crea toda la red de instituciones que en los últimos doscientos cincuenta años fueron construyendo con muchísimo esfuerzo las democracias liberales del gobierno limitado. La democracia liberal nace para limitar el más peligroso de los abusos, el de los gobiernos. Lo decía nuestro pensador cumbre en esta materia como lo fue Alberdi. El Estado es el peor de los enemigos, más que el enemigo particular.

Nuestra joven historia ha sido muy rica en experiencias nefastas. Esas experiencias son como los olores y los sabores. Sólo las conocen los que las vivieron. Los que vivimos  al principio el sutil proceso de la falta de libertadprogresiva que comienza sigilosamente con el nacionalismo de principios de los veinte, seguido por el fascismo que eclosiona en la revolución de Uriburu, felizmente frustrada por el proceso pseudo electoral de la alianza conservadora radical de la Concordancia. Ésta demoró por doce años el advenimiento del nacionalismo – corporativista – fascista – populista, con el golpe del GOU del 43, que entronizó la nueva era nacional y popular de Perón, reinante diez años. En aquel periodo, hasta 1955, conocimos lo que es la pérdida de la libertad. Loque significaba tener que conversar en voz baja en la mesa del comedor familiar para evitar ser denunciados por la empleada, supuestamente un eslabón de la cadena de delación con el jefe de manzana, personificado en el portero del edificio. Sé que la respuesta de mis amigos peronistas o progres a esta angustia de un adolescente como lo éramos quienes esto padecíamos, sería algo así como “sí,… pero vos comías”. Es esta desconcertante simplificación la que explica la decadencia argentina de los últimos setenta años, más que ninguna teoría académica. Queda claro que no es el padecimiento de un adolescente de los años cincuenta lo que trato de enfatizar, sino esa respuesta que es la que todavía tiene plena vigencia para justificar errores políticos de enorme magnitud.

Luego, a pesar de aquel último vestigio de sensatez política que registra nuestra historia contemporánea con Frondizi, viene el desbarranque con la proscripción del post peronismo, el terrorismo guerrillero marxista, el intento frustrado de un nuevo turno de Perón agonizante que nos dejó la herencia de las triple A y una, a la postre, digna Isabelita y la represión militar que no se las vino con chiquitas. Simplemente por el hecho de haber nacido en la década del treinta, no necesitamos de ningún revisionista histórico, ni de ningún peronólogo ni de ningún cientista político para que nos expliquen y mucho menos que nos interpreten nuestra historia contemporánea. Los olores los identificamos a la distancia, como los perros. Son olores anticipatorios de lo que va a suceder si no se reacciona a tiempo. El olfato es el sentido de la intuición, que es esa cualidad de la inteligencia humana tan difícil de precisar. Este largo proceso al que me acabo de referir, que ya lleva 70 años, ha sido el determinante de nuestra estrepitosa decadencia como nación que solamente algunos argentinos perciben como tal.

El considerado por una gran mayoría de los argentinos como el gran estadista del siglo XX en la Argentina, Juan Domingo Perón, fue el que rompió flagrantemente con una tradición argentina que ya llevaba la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX de democracia liberal progresiva, libertad de prensa, y progreso económico y social. Él inauguró la etapa de la decadencia cuya secuencia es la enunciada, caracterizada por  la conculcación de la libertad de comercio, la libertad de prensa y las libertades individuales, afín ideológicamente a los regímenes nazi y fascista europeos de la época, que ensombrecieron la civilización.

Soy conciente que decir lo que estoy diciendo sería rechazado con los más duros epítetos por la inteligentzia nacional populista argentina, todavía y a pesar de todo, en su etapa de esplendor. También sé que la mayoría de mis coetáneos que piensan esto mismo, no se animarían a sostenerlo públicamente porque se sentirían inmediatamente descalificados por una catarata de argumentos con los que tratan de explicar olores y sabores que nunca experimentaron. Sólo leyeron un catálogo de perfumes y un libro de cocina en el mejor de los casos.

La libertad y el poder son dos combatientes bravíos que se enfrentan para defender a la sociedad el uno y al Gobierno el otro. La libertad es un bien que la sociedad no tiene comprado. Sólo lo alquila temporalmente y tiene que pelear con bravura para renovar el contrato todo el tiempo.

La seguidilla de leyes aprobadas con mayoría absoluta por el Congreso en los dos últimos días de sesiones y algunas otras medidas como la intervención a un canal privado representan un paquete cuyo olor se hace inocultable, sin necesidad de los perros que controlan la tenencia de dólares.   

*Por Pablo LeClercq, consejero academico de LyP
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