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Que el 2011 sea un antes y un despues | Libertad y Progreso

lunes , 20 enero 2020

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Que el 2011 sea un antes y un despues

 

Si nos referimos al horóscopo chino, el año 2011 cae bajo el signo del gato. Este hecho no debería pasar desapercibido o ser catalogado como meramente anecdótico, sino que deberíamos considerarlo como un guiño del destino.

En efecto, el gato es un animal reflexivo que piensa y que acostumbra tomarse su tiempo antes de realizar una acción. Gracias a estas características, aumenta su calidad de vida y su capacidad de supervivencia. Y si recordamos que, al igual que el gato, el hombre es también un mamífero, no sería mala idea inspirarnos en las características de ese felino a la hora de planear lo que nos queda por delante en este 2011.

Porque el 2011 es, a todo nivel, un año clave. Es un año de elecciones presidenciales, una fecha que encuentra a la Argentina en una disyuntiva. El futuro del país dependerá de la decisión que tome el pueblo argentino en octubre próximo y del debate público que este acontecimiento estimule en la ciudadanía antes de ir a depositar su voto en las urnas.

Sabiendo esto, deberíamos considerar el 2011 como el momento de tomar sabias decisiones y de pensar bien qué tipo de país queremos para el largo plazo. El 2011 tiene que ser un año “revolucionario”, en todos los sentidos. No me malinterpreten, no estoy apelando a la revolución violenta, tampoco estoy pregonando subirse a las barricadas vestido con una remera del “Che” para tirarle cocktails molotovs a la policía montada, mientras inmortalizamos el momento con nuestro celular y luego compartimos esas imágenes en alguna red social.

No es nada de eso. Cuando hablo de “revolución”, me estoy refiriendo únicamente a una revolución del comportamiento cívico, a un cambio total de paradigma en la manera de conceptualizar el ejercicio democrático. Porque la manera como el argentino ha votado desde la promulgación de la ley Sáenz Peña, en 1912 puede quizás ser resumida bajo la fórmula siguiente: “voto, luego pienso”. En este 2011 sería clave que empecemos a revertir esa lógica funesta, para reemplazarla por: “pienso, luego voto”. La Argentina se merece esa revolución mental lo antes posible, para evitar de seguir desperdiciando oportunidades de desarrollo.

Históricamente, el rol de las elites consiste en enriquecer las grandes elecciones de una civilización en lo cotidiano, y en saber conducir el pueblo, del cual provienen, hacia la dirección que maximiza sus posibilidades de supervivencia. Cuando un pueblo comienza a dudar de su propia civilización, cuando tiene el sentimiento que sus elites ya no son capaces de ayudarlo en hacer prosperar sus principios fundadores, entonces se duerme, se escapa o se rebela. De manera más concreta, existe un vínculo casi automático entre el ritmo de crecimiento y la capacidad de un pueblo para diseñar una imagen o visión de su propio futuro. Cuando los proyectos a largo plazo que estructuran las actividades económicas de un pueblo son claros, cuando los sacrificios que se le pide sirven a los objetivos reconocidos como legítimos, entonces ahorra, invierte, aprende, trabaja, construye, inventa, sonríe y se divierte. Los extranjeros se insertan en esa dinámica virtuosa para aportarle sus divisas, sus experiencias y sus conocimientos; y así la lógica del desarrollo se pone en marcha. Cuando, al contrario, el mismo pueblo solo tiene una vaga idea de lo que será dentro de dos generaciones, cuando empieza a confundir los fines con los medios, entonces se deja estar, renuncia, no preserva su patrimonio, no lega nada a sus hijos, entra en una inexorable decadencia, emigra y se olvida de sí mismo.

Esta es la verdadera batalla que se está jugando ahora mismo en la Argentina, una batalla en gran parte tapada por las distracciones y divagaciones dialécticas propias de los escándalos que afectan a la política nacional de forma casi cotidiana. Nuestro país atraviesa, desde hace varias décadas, uno de esos períodos de duda en el cual el pueblo percibe con neta claridad que las elites que eligió han fallado, que ya no pueden señalarle una direccion clara, crear nuevas fuentes de trabajo y definir sus valores y su identidad. La mayoría de los argentinos siente que los esfuerzos que se le piden son infructuosos e inútiles. O peor aun, que benefician a quienes los exigen y no a quienes los hacen. Entonces el pueblo, de ordinario tranquilo, pacífico, tolerante mismo frente a las ignominias a las que nos tienen acostumbrados las elites políticas, termina algún día por perder paciencia. Percibiendo la incapacidad de sus dirigentes en gestionar y definir los fines, se niega a dejarse caer en esa trampa, mete mano en el asunto y reclama que se le dé un sentido, antes de que se le vuelva a pedir cualquier esfuerzo nuevo.

La elección presidencial que se aproxima debe ser la ocasión para los candidatos presidenciales de explicarle al pueblo cuál es el camino a seguir. Pero para eso es importante recordar que explicar significa “darle sentido a algo”, no consiste en el burdo ejercicio de alinear cifras descontextualizadas para intentar hacernos creer que todo anda bien, cuando la vida cotidiana nos demuestra a través de la inflación, de la inseguridad, de la crisis energética y del debilitamiento de las instituciones, que todo empeora. El 2011 se presenta entonces como la oportunidad para el pueblo de exigir de su elite política que finalmente esté a la altura de su función, definiendo una dirección, una ambición nacional y confiriendo un sentido a todos los esfuerzos y sacrificios populares, a través de una propuesta sustentable orientada hacia el futuro, y no en ese culto estéril del pasado, que tanto adoran los fanáticos de la nostalgia (no nos olvidemos que la nostalgia es el peor veneno del porvenir). Si la clase política no consigue mostrarse a la altura, la respuesta popular no tiene que ser refugiarse en la apatía o en la renuncia (comportamientos pasivos e inútiles que casi siempre predominaron en la Argentina respecto de su clase política) sino en el cambio de elite a través de una reforma total del sistema electoral, empezando por la revocación urgente de las listas sábanas, verdadero despropósito para la democracia representativa.

Desde la restauración de la democracia en 1983, la Argentina ha sido ya escenario de 6 distintas campañas presidenciales. Sin embargo, cada una de ellas terminó siendo una cita fallida entre el pueblo y sus dirigentes. En el período previo a las elecciones de 1989, 1995, 1999, 2003 y 2007, se fracasó reiteradamente en generar un debate de fondo sobre los asuntos futuros concretos. La consecuencia de esa falta de debate está a la vista: el país ha decaído en su nivel económico,social, educativo y sanitario desde 1983.

Ahora que se avecina una nueva elección presidencial, es necesario efectuar un nuevo balance y replantearnos nuestra concepción de lo que significa una democracia. Empecemos primero por preguntarnos si la Argentina dispone de la mejor democracia posible. Desde luego tenemos todas las apariencias de una democracia, y algunas de las realidades. Pero si la democracia consiste en permitir a los ciudadanos tomar con total libertad (y estando bien informados) las mejores decisiones posibles, en el interés de las generaciones presentes y futuras, entonces hay que rendirse ante la evidencia: no vivimos en una democracia. Un indicio de esta realidad queda explicitado en el rechazo sistemático de todos los candidatos a las elecciones presidenciales desde 1983 de prestarse a un debate televisivo antes de la primera vuelta (o de la segunda) de cada elección presidencial sucesiva. Esto no es un hecho menor, sino que es sintomático del déficit democrático que tenemos y de la fuga de su elite política frente a sus obligaciones cívicas. Argentina es una de las pocas democracias del planeta (o que se pretende como tal) donde el debate televisivo entre los candidatos presidenciales no está institucionalizado. En las democracias modernas, el debate es considerado el momento más importante de la campaña electoral. Pero en la Argentina el debate brilla por su ausencia, lo cual revela una falta de cultura cívica y de transparencia electoral que no podría existir de no ser ella tácitamente aceptada por todos los actores del espectro político nacional. Actuando de este modo, sólo delatan su falta de respeto y de confianza en el juicio de su propio pueblo. ¿Acaso nos podemos sorprender cuando, luego, el ganador de una elección se rehúsa a debatir con el resto de la clase política y se da el gusto de actuar de manera autoritaria y arbitraria? ¿Cómo pedirle al Poder que entienda de diálogo y de concesiones, cuando el juego político en la Argentina no cree en el debate, ni siquiera en oportunidad de una elección? Ese ninguneo al debate político en el período electoral tiene como consecuencia inevitable la restricción de la libertad de información y, por ende, la libertad de elección, con lo cual el voto en la Argentina pierde gran parte de su credibilidad desde el inicio. Todo ocurre como si una elección presidencial en la Argentina no fuese una oportunidad ideal para pensar en un destino colectivo, sino poco más que una de esas múltiples encuestas de opinión donde, al fin y al cabo, no se vota a favor de un candidato, sino en contra de otro. El resultado es siempre frustrante cuando no se vota para elegir a un presidente, sino para impedir que otro lo sea.

Quienquiera que se dedica a auscultar a la Argentina saca rápidamente la confirmación de una evidencia: nuestro país no valora su suerte y no saca suficiente partido de sus ventajas. Pocos en el resto del mundo entienden por qué un país soñado, como el nuestro, al que los argentinos de la generación de mis padres solían llamar “el vergel”, está tan afectado hoy por el pesimismo. Nadie comprende por qué los argentinos somos los únicos en no ver nuestro formidable potencial: una tierra bendita por Dios; un clima templado; una posición geográfica óptima en un mundo cada día más caótico y peligroso; recursos naturales en abundancia en un mundo carente de ellos; 30 años de paz, democracia y relativo estado de derecho; una clase media numerosa; un sistema de protección social único en Sudamérica (a pesar de susdeficiencias); una tradición de escuela pública pioneraen la región; unas libertades públicas bien defendidas y una tasa de crecimiento económico que ha sido en la última década, a pesar de todos los aspectos negativos, el doble de la tasa de los EEUU y de la Unión Europea. Todas estas ventajas comparativas deberían hacer de este país una verdadera potencia agrícola, turística y comercial, así como un centro de atracción ideal para las inversiones extranjeras. Y deberían, además, ser motivo de optimismo para la población.

También es cierto que Argentina padece de inmensas debilidades: pérdida de competitividad; aumento de la inflación; crecimiento de la deuda pública y de las desigualdades sociales; asfixia del sistema de salud; derrumbe, cada día más pronunciado, de la estructura escolar y del nivel de la educación, psicodramas políticos y desequilibrios institucionales demasiados recurrentes. Pero estas dificultades son compartidas a un cierto nivel por la mayoría de nuestros competidores en la región y no alcanzan para explicar el malestar específico del argentino. Este proviene esencialmente -creemos- del profundo sentimiento de injusticia que lo anima.

Este sentimiento está justificado: las desigualdades en los ingresos se ahondan; los poderes están cada día más concentrados en las manos de los detentores del capital político y cultural (y de sus hijos); la clase media se proletariza; y la deserción escolar aumenta de manera vertiginosa cada año -especialmente en las clases más desfavorecidas.

De aquella sociedad pujante y llena de esperanza que figuraba entre las más ricas del mundo hasta 1945, hoy queda poco. Mientras la Argentina se hundía en el subdesarrollo, la sociedad civil se dejó ganar por la desmoralización. Esta pérdida de empuje nacional explica gran parte de su pérdida de competitividad, porque ha provocado esta laxitud general, esta suerte de huelga implícita, o de disidencia no declarada, que caracteriza a las sociedades en decadencia. ¿Para qué esforzarse en trabajar y crear cuando la fortuna solo le sonríe a los más ricos, a los más poderosos y a los amigos de éstos? ¿Para qué respetar las leyes, sacrificarse, ahorrar, estudiar e invertir en la sociedad argentina contemporánea, donde la meritocracia está en vías de extinción y donde el éxito pasa más por la ayuda de los favoritismos políticos y por estar bien vinculado con quienes detienen el poder, que por el mérito de cada uno? En estas condiciones, no resultan sorprendentes las encuestas que revelan que la gran mayoría de los adultos argentinos piensa que la vida que les tocará vivir a los jóvenes en la sociedad del mañana será peor a la que gozaron sus propios padres en la Argentina de ayer.

Ahí queda revelada la verdadera causa esencial del malestar nacional: el futuro no es prometedor. Ese sentimiento tiene su raíz más honda en la corrupción generalizada, que gangrena las instituciones argentinas, así como la anacrónica naturaleza sedentaria y centralizada del país, totalmente incompatible con un mundo que se ha tornado nómade. Seguimos siendo un país cada día más unitario y cada día menos federal en un mundo que cada día está más “en red”. La gobernabilidad contemporánea en la Argentina ya no está adaptada a los métodos modernos de producción de riqueza que se basan en una cooperación cada vez mayor entre partes iguales, en el diálogo constante como fórmula de desarrollo, y no en un esquema de organización jerárquica y rígida como era antes. El neo-populismo que gobierna en la Argentina le da la espalda al mundo moderno y priva al pueblo argentino de realizar su potencial creativo. Esa incapacidad de acompañar la evolución del mundo fue generando progresivamente en el argentino un sentimiento de prevención o recelo hacia quienes entienden y consiguen adaptarse con rapidez a las nuevas tendencias. Por eso mismo, el argentino suele estigmatizar el beneficio y prefiere la renta. Su afán por la nostalgia y su incapacidad de vivir en el presente lo lleva a admirar la riqueza cuando es heredada y a despreciarla cuando es creada.  Esta idiosincracia es producto de la desmoralización progresiva de la sociedad luego de sufrir tantas crisis político-económicas en las últimas décadas, hasta llegar a la situación de estancamiento actual. La sociedad argentina ya no se ve a sí misma como una sociedad moral. Ya no considera que los ricos lo sean por una razón justa. Los envidia, pero no los admira. Para la sociedad argentina de hoy, el verdadero escándalo no es mas la pobreza, sino la riqueza. Por eso deduce que las reglas de la vida en sociedad merecen ser ignoradas, cuando no directamente pisoteadas.

La enorme mayoría de la población actúa como si se supiese vedada de poder acceder algún día al grupo de las elites políticas y económicas. La meritocracia como forma de gobierno ya no está de moda en la Argentina, no sólo a nivel político sino también a nivel empresarial y sindical, donde el nepotismo predomina. Un buen ejemplo de esto es Hugo Moyano, quien instaló a sus hijos en los puestos de poder de la CGT y de los gremios de Camioneros. Lo mismo sucede con muchos de los empresarios más exitosos de la última década que no deben su fortuna a sus virtudes emprendedoras, sino a sus vínculos políticos y a ser parte del círculo protegido del poder estatal y de la red del “capitalismo de amigos” que el kirchnerismo instaló en empresas argentinas en las que el Estado tenía alguna participación. La manera casi exclusiva de aspirar a una posición de privilegio implica ser heredero, sea perteneciendo a las elites económicas del modelo capitalista nepotista que rige en la Argentina, o sea como defensor del sistema -perverso y excluyente- de las listas sábanas. Ambos generan un nuevo tipo de oligarquía absolutamente injusta.

De ahí nace -en parte- la desmoralización popular y el descrédito de buena parte de la clase política, lo cual debilita la democracia y nutre en silencio un movimiento similar al caracterizado por el recordado: “Que se vayan todos!” del 2001, que se exteriorizará presumiblemente apenas cambie la actual coyuntura económica favorable. El descrédito popular es justificado. El país siente que su elite política no dice la verdad, que esta embarcada en un juego de roles. El oficialismo dice que “todo anda bien”, la oposición, “que todo anda mal”. Los medios de comunicación nos dejan entender que ambos son igualmente incompetentes, y hasta en algunos casos, corruptos. Pero, sin embargo, cuesta entender por qué los argentinos se atrincheran tanto entre dos bandos políticos como si todo fuese un gigantesco “Boca-River” y se cruzan con tanta violencia verbal al opinar acerca del futuro del país cuando casi todos estan de acuerdo en que el sistema actual, heredado de tantas décadas de populismo y de promesas electorales insostenibles, ya no es viable y terminará como han terminado siempre los modelos demagógicos en la Argentina: con una profunda crisis con devaluación y ajustes que deberán ser pagados por la siguiente generación. Pocos comprenden por que la clase política discute de manera tan ruidosa acerca de un hipotético “modelo” de país (frase incesantemente repetida, pero jamás explicada por los gobernantes de turno, a tal punto que ha sido transformada en una especie de “eslogan” publicitario desprovisto de contenido) cuando casi todos “en off” están de acuerdo en admitir que habrá que bajar la deuda pública y la inflación lo antes posible; que el aumento actual del gasto social es suicida e insostenible a mediano plazo; y que, a pesar de que en público afirman que lo que los enfrenta son dos “concepciones distintas de país”, en realidad las únicas diferencias que oponen a los diversos actores del espectro político están en las modalidades de reparto de esa fuga hacia adelante que representa el endeudamiento creciente.

Sin embargo, para la Argentina no es momento de perder la moral, porque sus enormes cualidades en un mundo cada vez más globalizado le permiten entrever un futuro venturoso. Pero para eso los políticos deberán:

  1. Decir la verdad. Mismo si esa verdad no es de interés para su agrupación política. Hay que salir del doble discurso, tanto en público como en privado.

  2. Manifestar una verdadera ambición de justicia social. En consecuencia el fijarse por objetivo principal debiera ser la lucha contra la pobreza y todo lo que la genera (inflación, trabajo “en negro”, nivel educativo deficiente, inseguridad jurídica, falta de inversiones extranjeras, presión tributaria desmedida sobre algunos sectores, etc) y no la prohibición del enriquecimiento, cuando este es logrado de forma honesta y transparente.

  3. Proponer un nuevo modelo de desarollo para el pais fundado sobre la movibilidad geografica y social (con prioridad dada a las redes y a aceptar la diversidad en los modelos del exito), el conocimiento (dando preponderancia a la enseñanza escolar, la universidad y al financiamiento de sectores como la salud y la tecnologia limpia) y el retorno real a un modelo de pais federal, lo que implica  volver a discutir la ley de “coparticipacion federal” y el manejo arbitrario de los fondos por parte del Estado Nacional.

  4. La Argentina debería insertarse, de una vez por todas, en el mundo. Eso pasa por una doble prioridad: (a) promover la integración regional vía el Mercosur. Esto requiere una política de construcción monetaria, fiscal, comercial y cultural mucho mas amplia con el Brasil (siguiendo lo que vemos en la Unión Europa), una mejoría de las instituciones para limitar las prácticas populistas y arbitrarias (como, por ejemplo, el “clientelismo” y los “punteros” políticos) y una descentralización política para respetar, de veras, la Constitución Nacional y dar vigencia efectiva al modelo federal que se pregona; y (b) promover la integración del Mercosur como bloque en el marco de una gobernabilidad mundial acorde con los valores de la democracia. Eso requiere un compromiso total con el estado de derecho y con la democracia (no se puede seguir apoyando a tiranos como Khadafi, Castro, Chávez, etc), con la seguridad jurídica para fomentar la creatividad; con atraer la mayor cantidad de inversiones extranjeras para fortalecer el desarrollo local, con implementar tratados de libre comercio con el resto del mundo (como hizo Chile en los últimos 20 años) y con abrir, paulatinamente pero sin pausa, el Mercosur a todos los países de Sudamérica, pero rechazando con absoluta determinación a los gobiernos populistas y autoritarios que perturban la armonía y el equilibrio de la integración sudamericana.

Para lograr esto, será necesario una transformación de la clase política y mediática argentina. Estas elites tendrán que entender que el mundo se mueve, avanza, trabaja, vibra. Será fundamental que los políticos argentinos empiecen, de verdad, a conducirse en función del interés general, en lugar de seguir estancados en el culto al pasado y en promover la agenda que favorece exclusivamente los intereses de sus partidos. Que se interesen por las generaciones que vendrán y no solamente por las próximas encuestas o elecciones.

La única fuente de poder capaz de forzar ese cambio en la clase política es el pueblo. ¿Como? Negándose a hundirse en el abandono y a seguir en la apatía, mejorando el conocimiento de sus deberes ciudadanos (que, en general, conocen mucho menos que sus derechos), informándose, participando, rechazando creer en los halagos envenenados de los políticos a su respecto -halagos cuya verdadera intención es proteger los intereses de la clase dirigente y mantener al pueblo en la posición del dominado- para exigirles que le rinda cuentas, como tiene que ser en todo sistema democrático. Si el pueblo falta a sus responsabilidades como desde hace más de 50 años, no podrá quejarse de seguir teniendo los dirigentes que entonces se merece.

Que el 2011 sea un antes y un despues Reviewed by on .   Si nos referimos al horóscopo chino, el año 2011 cae bajo el signo del gato. Este hecho no debería pasar desapercibido o ser catalogado como meramente an   Si nos referimos al horóscopo chino, el año 2011 cae bajo el signo del gato. Este hecho no debería pasar desapercibido o ser catalogado como meramente an Rating: