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jueves , 23 mayo 2019

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El Affaire Strauss-Kahn y los incentivos en la política

Muchas personas creen que el Estado persigue el bien común y que las fallas que pueden señalársele se deben a ciertos individuos que no se comportan como es debido, no a una falla sistémica. En el caso “Strauss-Kahn” pensarán que probablemente sea responsable de actos inmorales y, con su renuncia y reemplazo, el problema institucional queda superado. Queda pendiente, eso sí, el proceso legal para determinar su eventual culpabilidad y pena.

Sin embargo, el caso es un buen ejemplo de “fallas de la política” que van mucho más allá del affaire en particular y deberían llevarnos a tener una conducta diferente respecto al poder: si esas fallas son inherentes a la política entonces se deduce de ellos que deberíamos limitar el ámbito de la política a un área más bien pequeña e inevitable.

Nuevamente, los avances de la justicia estadounidense en el caso de un funcionario público acusado de violación de una camarera de hotel ha llamado la atención de la prensa. Al hacerlo, hemos podido conocer otras conductas, no ya criminales, de los funcionarios gubernamentales: el director del FMI tenía el privilegio de ocupar una habitación que cuesta tres mil dólares por día, aportados por los contribuyentes del mundo que financian a ese organismo.

Tanto el caso de la violación, como el de la lujuria en que viven los funcionarios internacionales y gubernamentales ponen en serias dudas un aspecto central de la ciencia política tradicional. Se refiere a una división tajante entre los objetivos que persigue una persona cuando actúa en el mercado o cuando lo hace en la política. Según esta teoría, el individuo en el mercado persigue su interés personal, el individuo en la política persigue el bien común.

Parece difícil entender la conducta de Strauss-Kahn como persiguiendo algún tipo de bien común. Es por ello que el “análisis económico de la política” (Public Choice) ha cuestionado esta doble naturaleza humana y ha señalado que deberíamos considerar que todos los individuos persiguen su interés personal. En el mercado lo hace, pero terminan siendo guiados por una “mano invisible” a contribuir el bien general aunque ni sepan que lo están haciendo. ¿En la política, existe un mecanismo semejante?

El liberalismo clásico había planteado como principio básico para ello la división y limitación del poder, el carácter fundamental de los derechos humanos que no pueden ser violados por ninguna mayoría circunstancial, la limitación del Estado a pocas funciones básicas, entre otras. El ascenso del Estado Benefactor e intervencionista ha borrado esos límites. En su origen, los políticos eran meros ciudadanos, llamados a representar a los votantes para luego volver a sus tareas tradicionales. Ahora no, en el Estado interventor se hace carrera política, se vive de ello…, y cómo.

El segundo punto que señala este caso tiene que ver con el llamado “carácter deliberativo” de la democracia, donde las políticas públicas que se implementen, se ven justificadas porque han sido sometidas a intensos debates. No obstante, poca discusión hay de políticas públicas en las democracias modernas, se llevan toda la atención escándalos como éstos. Por ejemplo, en los años 90 nadie desconocía hasta pequeños detalles de otro affaire famoso en ese entonces, el del presidente Clinton y Mónica Lewinsky. Mientras tanto, en esa misma época las regulaciones del Ministerio de Vivienda en Estados Unidos relajaban los requisitos para el otorgamiento de hipotecas de forma tal que hubiera “vivienda para todos”, generando un proceso que terminó una década después en la peor crisis financiera de los últimos años.

La atención y la “deliberación” se centraban en esta novela y los temas fundamentales no recibían atención ya que, en buena medida, a pocos interesan. Para deliberar sobre ellos hace falta conocer el funcionamiento del mercado de vivienda y su financiación algo que no es fácil y, desde ya, no llega a ser tan divertido.

Siendo entonces que estas “fallas de la política” son recurrentes y están en la raíz de la política algo de escepticismo no viene mal y, sobre todo, saber que es un instrumento torpe para solucionar problemas sociales, ya que la mayoría de las veces son más los que genera que los que resuelve.

*Publicado por El Cronista Comercial, Buenos Aires.
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