“Ser poderoso es como ser una dama”, dijo una vez Margaret Thatcher, “si es necesario anunciarle a los demás que uno lo es, es porque uno no lo es”.
Sólo pude pensar en esta célebre frase al oír al Presidente Santos declarar en la Universidad de Brown (EEUU) en abril de este año que, actuando en conjunto, Colombia y los demás países latinoamericanos son un “inevitable poder económico y político”.
Durante su discurso, Santos expresó “una convicción profunda” de que “es hora que EEUU reexamine sus prioridades en relaciones internacionales” y que mire hacia América Latina. “No porque éste sea el interés de Latinoamérica, sino porque es el interés de EEUU”.
“Por su propio bien,” agregó Santos, “EEUU no puede y no debe seguir ignorando” a la región, pues hacerlo sería “un acto suicida.”
Mientras sonaba el aplauso de los académicos y los estudiantes que conformaban el público, me pregunté qué haría el Departamento de Estado en Washington sin los altruistas consejos de Santos, vocero no sólo de Colombia sino de la región entera, “desde México hasta la Patagonia”. A la vez me pregunté cómo sería recibido en Colombia un presidente extranjero que, hablando en calidad de invitado en una universidad, se entrometiera en la política nacional de sus anfitriones al indicarles cuáles deberían ser sus metas estratégicas. No llegué a ninguna conclusión clara, aunque sí me vino a la mente la cálida bienvenida que recibió Nixon en Caracas en el 58.
Santos, sin embargo, no es el primer presidente latinoamericano con una tendencia a la verbosidad que, en los último años, ha aprovechado su condición de huésped en EEUU para dictarle una cátedra a los ignorantes yanquis, quienes, según el sucesor de Álvaro Uribe, sufren de un “síndrome de hipermetropía” geopolítica.
En mayo de 2010, el Presidente Calderón de México le exigió al Congreso en Washington que aprobara la “reforma inmigratoria” y que limitara el derecho a portar armas, las cuales son introducidas a su país desde EEUU por grupos narcotraficantes. Decir que Calderón ‘cruzó la línea’ al entrometerse en asuntos internos de EEUU, tal como sugirió un político Republicano, sería ponerlo de manera delicada.
El narcotráfico también fue un tema central del discurso de Santos en Brown, aunque éste fue un paso más allá que Calderón y exigió que EEUU adopte “nuevas estrategias, nuevas visiones y nuevos métodos” para enfrentar a los carteles de droga, los cuales siguen encontrando “el camino de menos resistencia” a la hora de exportar sustancias ilícitas.
“Como el mayor consumidor (de droga) en el mundo,” dijo Santos, “EEUU debe estar presente” en la nueva discusión global que, según él, se requiere.
“Nosotros (los colombianos) hemos dado de nuestra parte,” agregó. “Con nuestra autoridad moral y el conocimiento que nos brindan nuestro sacrificio y nuestros logros (contra el narcotráfico), estamos listos para participar en este debate… Pero, repito, no podemos solos.”
No estoy muy seguro en cuanto a la teoría de Santos de que Latinoamérica es una potencia económica, pero su argumento de que la guerra contra las drogas ha sido un rotundo fracaso es irrefutable. Sin embargo, el Presidente se equivoca en cuanto a su estrategia.
La intención de Santos parece ser la misma del ex-Presidente colombiano César Gaviria, quien ahora -cuando su influencia es prácticamente nula- también habla de la “autoridad moral” de Colombia a la hora de “examinar la política antidrogas de EEUU”. Como era de esperarse de un hombre que por diez años dirigió la inútil OEA, Gaviria espera que un cambio a las leyes nacionales de EEUU surja tras un debate dentro de la ONU y otras organizaciones burocráticas colosales notorias por su ineficiencia.
El lenguaje tanto de Gaviria como de Santos es uno cargado de probidad e indignación- inclusive tal vez de soberbia- pero que, desafortunadamente, es tan eficaz a la hora de cambiar las políticas en EEUU, Gran Bretaña o Alemania como las exigencias del dictador libio Moammar Gaddafi de que Europa y Norteamérica se conviertan al Islam.
Es más, dada la manera cómo opera la ONU y la afinidad de sus funcionarios por el multiculturalismo, es más probable que surja una medida con el fin de que el mundo entero adopte la “religión de la paz” antes de que se proponga legalizar una ‘droga suave’ como es la marihuana, ni hablar de la cocaína.
Mientras tanto, a las grandes potencias las tiende a influenciar muy poco la autoridad moral que se asignan a sí mismos los gobernantes -antiguos o presentes- del tercer mundo.
De hecho, esta semana, el ‘zar’ antidrogas de EEUU declaró que las propuestas de Gaviria no lo convencen, ni siquiera acerca de la legalización de la marihuana, y que su país mantendrá el rumbo establecido.
Frente a esta realidad, los presidentes de Colombia, México y los demás países gravemente afectados por el narcotráfico deberían confiar en los mercados y no en las burocracias transnacionales, mucho menos en su propia capacidad de generar ‘un debate global’, y de esta manera empezar a tomar medidas unilateralmente o, si es posible, en conjunto.
Según una tesis escrita por el colombiano Gustavo Silva Cano y publicada el año pasado por la Universidad de Princeton, la legalización unilateral de la droga en Colombia le ahorraría al país aproximadamente 7.000 millones de dólares anuales, hoy gastados en una guerra inútil. A la vez, los impuestos cobrados sobre la droga le generarían al Estado una significante fuente de ingresos adicional. Más importante aún, la legalización unilateral evitaría 5.000 homicidios al año y 30.000 casos de desplazamiento forzado.
El debate que se debería estar llevando a cabo dentro de Colombia es si estos beneficios inmediatos de la legalización unilateral pesarían más que el potencial aislamiento diplomático del país frente a EEUU y la “comunidad internacional”, lo cual podría conducir a la pérdida de inversión extranjera e inclusive a sanciones económicas. Al menos en términos de la vida humana que dejaría de ser inmolada sobre el altar de la prohibición, la respuesta parece ser bastante sencilla.
Mientras no se siga este camino, resulta vanidoso y poco realista en el mejor de los casos esperar que el resto del mundo tome medidas contra la prohibición en base a un debate que sólo Colombia y los países productores están dispuestos a iniciar.
Esto, sin embargo, puede que sea un punto difícil de entender para cualquier presidente latinoamericano- en esencia un hombre acostumbrado a ejercer un poder napoleónico dentro de su propio reino liliputiense, y que espera que el resto del mundo se someta a sus caprichos de la misma manera que sus desafortunados súbditos.












